Flipante el manifiesto transfobo de las “sanitarias feministas”,aunque a estas alturas ya ni sorprende.
Flipante el manifiesto transfobo de las “sanitarias feministas”,aunque a estas alturas ya ni sorprende. Lo que si que me ha sorprendido es que personas que tenía como referentes en la lucha contra la privatización de la sanidad estén difundiendo el manifiesto.Otra decepción más…
Otros que abrazan el discurso TERF, el de VOX, el de El Yunque o Hazte Oír. Eso sí, previamente teñido de morado y adornado con un símbolito feminista para que no de repelús de entrada. Y es que me preguntó: ¿Esa es la Sanidad Pública por la que luchan algunos/as?
¿Por una que excluya a las personas trans? ¡Por una donde se diga que no somos personas trans, sino que lo que tenemos es “homosexualidad no aceptada” y decimos que somos trans por moda, porque lo hemos visto en las redes sociales o en una serie?
¿Por una donde en vez de darnos el tratamiento que necesitamos nos pongan una terapia de conversión? Donde seamos siempre tuteladas por psiquiatras y médicos/as? ¿Por una donde se nos cuestione eternamente por el hecho de ser trans?
¿Estamos de la olla o que?
Apoyar una campaña así, que habla directamente del “delirio trans” es volver a los tiempos oscuros, es perpetuar el señalamiento, la criminalización y el cuestionamiento que sufrimos históricamente las personas trans. Pero también es participar activamente de los planes de la Ultraderecha y el ultracatolicismo internacional para conseguir recortar en todos los países que puedan derechos a mujeres y a personas LGTBI (no es casualidad el ataque que se está dando al derecho al aborto en EEUU, todo va encadenado).
Por lo demás el manifiesto repite las mismas mentiras de siempre,tilda de tratamientos experimentales a tratamientos que no lo son y que llevan muchos años utilizándose, utiliza el victimismo al referirse a las infancias trans (que dice que las vamos a mutilar) convierte a quienes apoyan a las infancias trans en “malvados transexualizadores que solo quieren hormonar y mutilar a pobres niñxs”. Hablan del malvado “lobby del radicalismo trans-queer” con su habitual tono conspiranoico, señalando a las personas trans como cómplices de nosequé conspiración.
Trata de meter miedo a los sanitarios con el tema multas POR NEGLIGENCIA y utiliza el mismo lenguaje demagógico, falso y apocalíptico al que ya nos tienen acostumbradas las TERFas. Difundir o firmar ese manifiesto es, literalmente, abrazar el fascismo, la discriminación, la transfobia.
Flipo con esas gentes “de izquierda” que en la puta vida se han preocupado ni han movido un dedo por los derechos de las personas trans, hasta ahora, cuando las personas trans hemos tenido la oportunidad de avanzar, de dejar atrás la patologizacion, de que nuestros procesos no sean tan largos y duros de ser reconocidas legal y socialmente…. ES ENTONCES CUANDO SE HAN MOVIDO, y lo han hecho EN CONTRA de nuestros derechos. Ya habéis elegido vuestro lado de la barricada: estáis con VOX, con Hazte Oír, con El Yunque… Y os utilizan como marionetas.
El movimiento TERF creo la alianza del “borrado de las mujeres” para dividir al movimiento feminista. También creo la “Red LGB” para tratar de excluir a la T del movimiento LGTBI. Asociaciones como Amanda, que tratan de hacer la contra a las asociaciones de padres que apoyan a sus hijes trans.
Ahora desembarcan en el mundo sanitario con este manifiesto delirante y excluyente. Habrá que estar muy atentas de quienes firman, no voy a estar luchando por la Sanidad Pública junto a quien cuestiona mi identidad y que en el momento menos pensado me apuñalará por la espalda.
Tensas confrontaciones provocados por los antiderechos.
Decenas de miles de partidarias de los derechos al aborto salieron el sábado a las calles en diversas ciudades de EEUU para expresar su indignación ante la posibilidad de que la Suprema Corte anule pronto el fallo de hace casi 50 años que lo legalizó en todo el país y su temor sobre lo que eso podría significar para las opciones reproductivas de las mujeres.
Planned Parenthood, Women’s March y otros grupos empáticos organizaron más de 400 protestas denominadas 'Prohibiciones de nuestros cuerpos' en todo el país.
Las manifestaciones, al inicio de lo que los organizadores calificaron de un verano de furia, reflejan la respuesta a la filtración del pasado día 2 de un borrador que muestra que la mayoría conservadora de la Corte está dispuesta a revertir el histórico fallo Roe vs Wade, de 1973, que estableció el derecho constitucional federal para interrumpir un embarazo.
En la capital del país, cerca del Monumento a George Washington, en el National Mall, miles de inconformes ondearon pancartas con mensajes que decían: “¿Cómo se atreven?, Somos mayoría y Lucha. Protege tu elección". La movilización terminó frente a la Corte Suprema, que estaba rodeada por dos barreras de seguridad.
En Nueva York se movilizaron de unas cinco mil personas. La atmósfera era tensa en el centro de Brooklyn cuando miles de defensoras del derecho a la interrupción del embarazo cruzaron el puente hacia Manhattan ante la presencia de paleolíticos "defensores de la vida".
Otras decenas de miles se reunieron en un parque de Chicago. Desde Pittsburgh a Los Ángeles, y de Nashville, Tenesi, a Lubbock, Texas, una muchedumbre participó en eventos en los que resonaron consignas como ¡Fuera la prohibición de nuestros cuerpos! y ¡Mi cuerpo, mi decisión!
Las concentraciones fueron en su mayoría pacíficas, pero en algunas ciudades se produjeron tensas confrontaciones provocados por los antiderechos.
Un grupo de media docena de manifestantes antiabortistas envió un mensaje contrario, con Jonathan Darnel al micrófono: El aborto no es asistencia sanitaria, amigos, porque el embarazo no es una enfermedad.
En otra protesta por el derecho al aborto, en Atlanta, más de 700 personas se reunieron en un pequeño parque frente al capitolio estatal con una docena de contramanifestantes en una acera cercana.
El fallo final de la Corte, que podría dar a los estados el poder de prohibir el aborto, se espera para junio. Aproximadamente la mitad de las entidades de EEUU podrían vetar o restringir el aborto poco después de un eventual dictamen que anule el antecedente Roe vs Wade. Aunque cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, según encuestas recientes, el derecho al aborto ha sido un tema social muy divisivo desde el fallo histórico, que protege el derecho de las mujeres en EEUU a interrumpir sus embarazos.
Según reveló a principios de mayo el sitio de noticias Político, la Corte, actualmente de mayoría conservadora, se apresta a otorgar a las entidades estadunidenses el derecho a prohibir o autorizarlos. Ante la polémica filtración del borrador, el juez conservador Clarence Thomas se pronunció crítico la noche del viernes en Dallas.
Debe entenderse el matrimonio como el dispositivo social que permite/asegura la perpetuación de la especie, de la propia cultura patriarcal, y de la propiedad privada
El matrimonio es la forma social que toma la unión de varones y mujeres para reproducir la especie. A partir de esa unión se constituye la familia, que es considerada como la célula primera de toda sociedad.
Sin importar la forma que asuman tanto la familia en su conjunto como la unión de los progenitores, ese vínculo siempre se establece. En la gran mayoría de sociedades que ya dejaron atrás el estadio neolítico, aquellas donde existe la idea de propiedad privada, matrimonio y familia asumen la forma de una “institución”. Es decir: una instancia -en general debidamente legislada- que presenta formas específicas, procedimientos preestablecidos, rutinas, ritos. Ahora bien: como cualquier institución, entonces, también puede sufrir cambios a través del tiempo.
En esto que llamamos nuestro mundo occidental, según investigaciones recientes, aproximadamente un 50% de matrimonios con menos de 10 años de duración se disuelven en términos legales. Hay allí algo importante, una tendencia en términos sociológicos y psicológicos que no puede desconocerse. Esa tendencia nos habla con certeza de algo: el matrimonio es una institución en crisis. Está cambiando, está experimentando transformaciones, todo lo cual puede llevarnos a plantearnos si está camino a su extinción. O, en todo caso, nos abre la pregunta: ¿hacia dónde va?
Si se hace una revisión histórica de esa tendencia que lleva a la probable extinción del matrimonio, se descubre que la misma, en estas últimas décadas, ha presentado como diferencia básica el hecho de mostrarse en forma pública sin mayores problemas, disolviendo de hecho y de derecho una enorme cantidad de uniones. Pero no es ninguna novedad que la misma -quizá sin llevarlo a la extinción, pero sí cuestionando sus raíces- ha estado presente en las sociedades desde tiempos inmemoriales, quizá sin que estuviese estatuida la figura legal del “divorcio”, aunque funcionando de hecho.
En cualquier cultura y en toda época el matrimonio, en tanto institución, ha evidenciado signos de, como mínimo, debilidad. Las relaciones extramatrimoniales -hijos surgidos de las mismas incluidos- son algo tan viejo como la misma civilización. El mandamiento cristiano que ordena “no desear la mujer de tu prójimo” (machista, por cierto) dice, indirectamente, que el desliz existe desde tiempos inmemoriales. Quizá ahora, sin que el mundo sea un paraíso precisamente, pero con una mayor permisibilidad para abordar ciertos temas, se puede hablar con más libertad sobre esta tendencia.
Paralelamente, legislaciones de distintos países aceptan el divorcio como mecanismo social legítimo. Además, aparecen nuevas formas de uniones, cada vez más aceptadas, que contribuyen a ampliar la problemática: parejas abiertas, amigos con derechos, parejas homosexuales, familias monoparentales conformadas por una sola mujer o un solo varón. En Brasil se casó legalmente un trío.
El tema da para mucho.
La institución del matrimonio se inscribe en otra formación social: el patriarcado; modalidad cultural que, sin poder decir que esté en absoluto proceso de retirada, al menos comienza también -muy tibiamente todavía, pero ya en forma irreversible- a ser cuestionada. En este marco general, entonces, debe entenderse el matrimonio como el dispositivo social que permite/asegura la perpetuación de la especie, de la propia cultura, y de la propiedad privada. Que allí haya cuestiones problemáticas ligadas al amor, al deseo y a la transgresión -cuestiones todas de corte psicológico- es otra cosa. A la institución legal eso no le importa.
Todas las sociedades son conservadoras (quizá para eso existen justamente: para conservarse a sí mismas, asegurando los logros históricos que han ido consiguiendo en el nunca terminado proceso civilizatorio); todas las sociedades, igualmente -al menos las hasta ahora conocidas- son machistas, patriarcales. El poder, siempre, está concebido en términos masculinos. Algunas sociedades pueden ser más machistas, sin dudas (ahí está la poligamia aceptada oficialmente entre muchos pueblos [que sóloo beneficia a los varones], por ejemplo); pero todas, aún aquellas que se precian de ser más “desarrolladas”, continúan con ese perfil machista. El matrimonio, en tanto célula primordial de las sociedades, como institución que es, repite esas características. Es, por tanto, conservador, machista, patriarcal. Si hay o no amor, eso no es lo fundamental. ¿Cuánto dura el amor eterno?
El matrimonio implica un contrato social, un acuerdo legal entre partes. Como tal, entonces, es producto de un arreglo, de un convenio; por tanto, también sujeto a evolución en el tiempo (siempre las legislaciones van a la zaga de los hechos consumados; se hace ley lo que ya existe de hecho como práctica consuetudinaria). Las parejas biológicas existieron antes de los contratos matrimoniales. De la misma manera, la tendencia a la crisis que ahora presenta esta institución es, ante todo, un hecho constatable: 50% de separaciones en matrimonios legalmente constituidos que se hacen públicas, más la eterna “infidelidad” conyugal que los acompaña.
Secundariamente viene la reacción ante la crisis: ¿dónde irá a para el matrimonio? ¿La clonación de humanos será la respuesta a la perpetuación de la especie? ¿Vamos hacia la soltería como norma? ¿Seguirán existiendo los matrimonios heterosexuales en un futuro inmediato? ¿Sexo libre para todos? Las preguntas están planteadas y nadie tiene la respuesta definitiva; de hecho, no la hay.
Hasta ahora el matrimonio, con deficiencias intrínsecas insalvables (la “infidelidad” es tan vieja como el mundo) ha venido cumpliendo su cometido. Seguramente pueda seguir cumpliéndolo, aún con sus nuevas variables: matrimonios homosexuales, por ejemplo. Lo cierto es que abre preguntas que no pueden seguir evadiéndose.
Como institución no se nutre necesariamente en forma exclusiva del amor (como se ha dicho: “el amor eterno dura… ¿cuánto?”). Muchos matrimonios (si se conocieran los datos reales sin dudas nos sorprenderíamos) se mantienen por otras circunstancias, muy alejadas del enamoramiento entre sus cónyuges: conveniencia y/o necesidad social. El enamoramiento absoluto, según enseña el psicoanálisis, es una especular relación narcisista; el único amor perpetuo es el que se siente por la prole, por la descendencia -la forma en que nos inmortalizamos y trascendemos nuestra vida finita-. Querer a los hijos es querernos a nosotros mismos. A la pareja la queremos, muchísimo a veces, pero no deja de ser prescindible. El amor eterno y absoluto es una bella construcción romántica, pero la experiencia demuestra que no es posible en la perpetuidad de lo cotidiano. Hay que recordar que los moteles por horas están siempre ocupados, y no con matrimonios “oficiales” precisamente.
Somos conservadores, esa es nuestra condición humana. El amor es un ingrediente de la vida, importantísimo, pero no el único; y sin dudas, da para pensar si es el primordial. El interés pareciera terminar imponiéndose. Además, el amor se mueve siempre de la mano de su antítesis: el odio. La dinámica humana es una compleja combinación de todas estas posibilidades, donde lo que prima las más de las veces es la rutina, la estabilidad a cualquier costo. Los matrimonios no dejan de expresar todas estas posibilidades. En general hay que “aguantarlos”; esa es la tónica dominante. Los hijos son la excusa para “aguantar” (grandiosa, por cierto; ¿quién no ama a sus hijos?) Pero ahí están las transgresiones extramaritales que nos recuerdan que el “amor eterno” es algo del ámbito poético.
Tal como está planteado en su estructura, el matrimonio lleva implícita la posibilidad de su transgresión -cosa, por lo demás, muy habitual-. Como institución conservadora va más allá de estas circunstancias “domésticas”, intentando erigirse como un valor ético en sí mismo -cerrando los ojos, tolerando, dejando pasar “pecadillos” ocultos-. Su perpetuación como institución supuestamente inconmovible permite/tolera ciertos deslices, ciertas válvulas de escape. Dicho de otra forma: una cierta cuota de “mentira” socialmente aceptada hace parte de su constitución fundamental. Las transgresiones masculinas son ya parte de su ritual, de su dinámica normal -en los matrimonios monogámicos al menos-. Otras veces, en la poligamia, es simple y llanamente institucionalizada una forma aceptada en términos sociales de machismo patriarcal. La transgresión femenina, dado el machismo imperante, es aún mucho menos tolerada, aunque de hecho también existe (en algunos lugares el “adulterio” de la mujer es penado como delito grave, con la muerte incluso). Dada nuestra cultura patriarcal, ser “puto” (mujeriego) puede tolerarse; ser “puta” es sacrílego, imperdonable.
De todos modos -¡y felizmente!- el proceso de cambio en los valores generales ha ya comenzado a relajar esa visión machista y conservadora. Si así no fuera, no se estaría institucionalizando en la cultura cotidiana la situación del divorcio como algo posible y ya casi “normal”. No olvidemos: pese a la oposición de las distintas iglesias (las iglesias son siempre conservadoras), ya son la mitad de las parejas las que se separan ante un juzgado.
Todo esto, entonces, es lo que abre el cuestionamiento: si existe siempre la posibilidad de ser transgredido (las relaciones -y los hijos- extramatrimoniales son un hecho incontrastable); si no asegura de por vida el enamoramiento de sus partes; si conlleva todo el peso de la rutina y la formalidad de cualquier institución: ¿por qué se mantiene entonces el matrimonio? Podría agregarse incluso, como pregunta no menos interesante: ¿por qué el movimiento homosexual que se da en buena parte del mundo busca el matrimonio como un objetivo en sí mismo, sabiendo que es una institución en crisis de la que cada vez más gente escapa? ¡Llegando al contrasentido de querer casarse en muchos casos con ceremonia religiosa!
Dar una respuesta convincente a esta pregunta implica largos desarrollos sociales, psicológicos, incluso políticos, que exceden las posibilidades de este modesto opúsculo (pero que, no obstante, invitan a emprenderlos). Acompañando esas reflexiones -y he ahí probablemente lo más rico que disparan estas preguntas- queda la interrogante: ¿con qué reemplazar el matrimonio entonces?
El régimen colonial de Israel percibe a las mujeres nativas palestinas como una amenaza para su proyecto de expansión territorial y crecimiento demográfico.
En Palestina, Israel viola los derechos humanos más básicos todos los días, lo ha hecho durante más de 70 años, y lo seguirá haciendo, hasta que la comunidad internacional ponga la presión suficiente para que Israel termine con sus crímenes.
Las mujeres en Palestina tienen un largo recorrido en acciones de oposición contra la colonización de sus tierras y sus cuerpos.
Desde la organización de protestas en las calles, enfrentándose al ejército desde la primera línea, haciendo huelgas de hambre en las cárceles, documentando la violencia en los barrios, salvando vidas como doctoras y paramédicas, trabajando en el mundo político, el periodismo, todas las disciplinas del arte, la academia, el derecho, y activas en todos los aspectos de la vida cotidiana y familiar: las mujeres palestinas viven en constante lucha contra la opresión de la potencia israelí.
Es fácil ver en toda la ideología expansionista de Israel, sus ataques injustificados, el desarrollo y uso absolutamente desproporcionado de tecnologías de guerra y destrucción, el desprecio total por la vida humana, los brutales atropellos diarios contra mujeres, niñas, niños, y hombres desarmados, que luchan con sus cuerpos para defender su dignidad, lo profunda conexión entre el pensamiento patriarcal y el pensamiento colonial israelí con respecto a la sociedad palestina en su conjunto.
Todos los procesos coloniales se ejercen con violencia y contra la voluntad de la población nativa, y aunque existen variaciones en las formas de colonización en el mundo, en general todos estos sistemas comparten valores con el sistema patriarcal, como la acumulación y el abuso del poder de parte de un grupo de personas sobre otro grupo.
En este sentido, la potencia colonial de Israel percibe a las mujeres nativas palestinas como una amenaza para su proyecto de expansión territorial y crecimiento demográfico.
Para Israel la mujer palestina es justamente aquella persona a cargo de la reproducción de la población nativa no deseada, y por ello también son sometidas a distintas formas de violencia de género. Un ejemplo de esta doble violencia, colonial y machista puede verse en la declaración que hizo la actual ministra de Interior israelí, Ayelet Shaked, cuando publicó en Facebook el 2014 un llamado a atacar a toda la sociedad palestina, incluidas las mujeres para prevenir que sigan criando “pequeñas serpientes.” [1]
Para Shaked la población originaria debe ser asesinada indiscriminadamente, y en especial las mujeres para que no sigan naciendo nuevas generaciones. La publicación de esta personera política recibió miles de “likes”, reflejando la enorme aprobación que da la sociedad colonial israelí a sus representantes.
Al igual que los hombres, las mujeres palestinas son sometidas a tratos crueles e inhumanos cuando son encarceladas, muchas veces sin cargos ni juicios, y por periodos prolongados que sirven a la potencia ocupante como castigo psicológico para romper la voluntad de resistencia palestina.
El año pasado, Anhar Aldeek [2], madre de 25 años, estuvo encarcelada hasta los 9 meses de embarazo, sometida a torturas y tratos crueles. Sólo gracias a la gran campaña de presión que lideró su familia y que llegó a nivel internacional, poniendo en riesgo la imagen pública de Israel, lograron que Israel “liberara” a Anhar en septiembre y pudiera dar a luz bajo arresto domiciliario.
Hasta el último día antes de su liberación, Anhar corría el riesgo de dar a luz en un hospital militar, esposada de manos y pies a una cama rodeada por soldados. Pero el caso de Anhar no es el único. Desde 1972 existen 8 casos documentados de mujeres encarceladas forzadas a parir en la prisión bajo maltrato y abuso. También existen muchos casos de mujeres y sus bebés que han muerto en los checkpoints intentando dar a luz mientras soldados israelíes no las dejan cruzar para llegar al hospital.
Las mujeres son muchas veces sujetas a tratos vejatorios en los puestos de control, agredidas sexualmente en la cárcel e incluso violadas. Otras formas de violencia que sufren las mujeres palestinas, especialmente bajo el asedio israelí en Gaza, es el alto índice de cáncer de mamas que no pueden acceder a los tratamientos necesarios [3].
En 2016 el 60 por ciento de las mujeres que lo sufrían murieron prematuramente, pero hubiesen sobrevivido si Israel hubiese dado los permisos para acceder a tiempo a los servicios médicos [4]. De la misma forma Israel ha puesto enormes impedimentos durante la pandemia para la vacunación de gran parte de la población palestina, mientras que lidera los rankings mundiales en población israelí vacunada. Es aberrante ver cómo Israel decide a vista de todo el mundo quienes viven y quienes mueren.
Es fácil ver la profunda conexión que existe entre la militarización y la colonización con un sistema de violencia patriarcal. Estos sistemas fomentan la creencia de que un grupo humano tiene el derecho natural de dominar, explotar, perseguir, controlar, e incluso eliminar a otro grupo humano.
El militarismo israelí es el medio para impulsar el proyecto de colonización de asentamientos, un sistema que defiende la misma dominación, explotación y eliminación de otro pueblo en base a la creencia de que un pueblo es superior a otro, o la idea de que existen razas que establecen un orden jerárquico entre distintos grupos humanos.
Según la activista Koldobi Velasco [5] “el patriarcado y el militarismo comparten contra-valores. Comparten la jerarquía, la obediencia, el individualismo, el desprecio por la vida, la sumisión, la subordinación, el autoritarismo, la victimización de las mujeres, el binarismo, o bueno o malo, o amigo o enemigo, hombre o mujer. Minoriza a las mujeres, porque las convierte o en menores de edad, o como si fuéramos un colectivo reducido en número, y [defiende] la uniformidad, la homogeneidad.”
Todos estos valores que menciona Velasco son parte de la experiencia diaria que viven los palestinos bajo la violencia israelí. No sabemos cuándo Israel va a volver a bombardear Gaza, asesinar a una persona en un checkpoint, allanar un hogar y secuestrar a los niños, o atacar a los campesinos o pescadores. Y a pesar de que se vive con plena incertidumbre de lo que va a suceder en el futuro, también es cierto que esta práctica de eliminación sigue siendo la misma por más de 70 años. Mujeres y hombres palestinos viven una vida de estrés continuamente traumático.
A la complejidad de la opresión israelí que sufren las mujeres palestinas se suman los comportamientos patriarcales propios de su sociedad árabe, que Israel conoce perfectamente y explota para fortalecer su control sobre ella. En 1948 las milicias sionistas violaron a mujeres palestinas para sembrar el terror entre su población, facilitar su huida y establecer el estado de Israel.
Los hombres palestinos viven bajo la presión de sostener económicamente a sus familias y protegerlas, pero bajo la sistemática opresión israelí estas obligaciones son para la mayoría casi imposibles de cumplir. La sociedad palestina no tiene control de sus tierras, la inseguridad de la vida es cada vez mayor y esto alimenta un recrudecimiento en el machismo de los hombres hacia las mujeres palestinas, desde las formas más sutiles hasta el femicidio.
Aquí no se trata en absoluto de quitar la responsabilidad del machismo de los hombres palestinos hacia las mujeres, pero debemos comprender que ambos sistemas, el patriarcado y la colonización israelí están profundamente entramados y finalmente son vividos por las mujeres palestinas como una sola realidad.
La enorme presión del sistema colonial israelí empuja hacia abajo de manera aplastante a toda la sociedad palestina, desmembrándola y corrompiéndola, permeando hasta sus espacios más íntimos y formando muchas capas de violencia, manifestándose también al interior de los hogares y las familias, y reforzando los roles de poder que tienen los hombres en comparación a las mujeres. Es mucho más difícil cambiar un sistema patriarcal cuando se vive bajo una opresión tan destructiva como la violencia colonial de Israel.
A partir de este análisis el movimiento feminista palestino Tali’at [6] ha declarado que la liberación nacional palestina es también inherentemente feminista, porque no pueden esperar a que Palestina se libere primero de la colonización y luego del patriarcado como si se tratara de dos dimensiones claramente separadas. Las mujeres palestinas tienen, y siempre han tenido, un rol activo e indispensable en la historia de la resistencia anti-colonial y merecen todo nuestro respeto y reconocimiento.
¿Qué podemos hacer?
Desde América latina podemos hacer mucho por apoyar la liberación de Palestina. El movimiento internacional del Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel (BDS), impulsado desde 2005 y liderado por la más amplia coalición de organizaciones civiles palestinas, es la estrategia más directa y efectiva que tenemos.
El boicot es una forma activa de no ser cómplice de los crímenes de Israel, ya sea rechazando la participación en eventos culturales o intercambios académicos que limpian su imagen y fortalecen sus relaciones diplomáticas, o prohibiendo la importación de productos israelíes que claramente violan el derecho internacional.
Las desinversiones son una manera de no apoyar financieramente un sistema nacional que claramente viola los derechos humanos, y las sanciones son otra forma de aislar esta potencia de los espacios internacionales que le dan legitimidad. Estas acciones sirven para exigir que Israel se comporte dentro de los límites de la normalidad y respete el derecho internacional, tal como deben hacerlo todos los estados. Y observando las reacciones que Israel ha tenido frente al movimiento BDS, sabemos que funciona.
En América latina, como feministas que buscamos la emancipación de las mujeres y las disidencias sexuales de las distintas formas de opresión, del machismo, las clases sociales y el racismo, no nos olvidemos de nuestras hermanas palestinas que luchan todos los días por una vida digna y libre de patriarcado y colonización.
Comencemos por apoyarlas con el boicot a Israel, que es la petición que nos han hecho ellas y toda la sociedad palestina. Extendamos nuestras manos y solidaricemos con ellas porque las opresiones que vivimos son muy similares y juntas podemos trabajar para un futuro más justo.