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De feminismos y otras yerbas

 

Por: Kuña Nandi


"Más peligrosa que mil insurrectos"

En todas las culturas conocidas popularmente, desde que el ser humano convive con otrxs, existe una concentración del poder de decisión: uno o unos pocos varones resuelven hacia dónde se dirige la comunidad…

Este poder tiene características, que lo consolidan y perpetúan a lo largo del tiempo: es avasallador, somete los cuerpos utilizando todos los elementos a su alcance; no está solo, ya que la sujeción a ese poder tiene la complicidad de lxs demás.

Desde el poder hegemónico se ha creado un discurso: el que muestra a las mujeres y otras diversidades, mudas, sometidas, sin pensamiento propio, pariendo varones que perpetúen esa opresión. Ese discurso ha sido escrito por varones a lo largo de varios siglos, a este poder se lo denomina patriarcado: “Cuando hablamos de patriarcado, estamos hablando de la base donde se sustentan todas las opresiones; es un conjunto complejo de jerarquías sociales expresadas en relaciones económicas, culturales, religiosas, militares, simbólicas, cotidianas e históricas.”, define María Galindo en “¡A despatriarcar!” (pág. 94).

Según el líder del partido de los trabajadores de Kurdistán, Abdullah Öcalan (2016): hacia el 5000ac, en la Baja Mesopotamia, la ideología y el sistema dinástico consolidó al patriarcado con la alianza de los “ancianos con experiencia”, el “hombre fuerte” (cazador) y los “chamanes”. Por suerte, comenzaron hace poco más de un siglo a aparecer las voces de lxs oprimidxs…

La socióloga Silvia Rivera Cusicanqui ha investigado sobre el encubrimiento de las palabras en el colonialismo: “Los discursos públicos se convirtieron en formas de no decir y este universo de significados y nociones no-dichas, de creencias en la jerarquía racial y en la desigualdad inherente de los seres humanos, van incubándose en el sentido común, y estallan de vez en cuando, de modo catártico e irracional. No se habla de racismo, y sin embargo en tiempos muy recientes hemos atestiguado estallidos racistas colectivos…” (2010, pág.19)

En este mismo sentido, la investigadora libertaria Luce Fabbri, a mediados de los 60, se refería al fascismo en términos mucho más amplios de los que se pretende encasillar. Allí donde hay poder, hay opresión, esto ocurre en todos los niveles de la sociedad: en las instituciones estatales, privadas, partidos políticos, sindicatos…

Quienes están en algún lugar de poder hacen cualquier cosa por mantenerlo; a su vez, tienen un sentimiento de inferioridad que los lleva a usar la violencia física para conservarlo.

En todas las épocas, en todos los territorios, estos cuerpos golpeados se han rebelado, permanentemente, a esas violaciones cotidianas a las que, primero el padre, el esposo, tíos, hermanos, en el hogar; luego el jefe, el capataz, el empresario, el director, el gerente, el diputado, el ministro, el presidente, nos pretenden someter.

Pero, como la hierba a la que cortan, estrangulan y le ponen piedras encima ella brota desde los lugares más inesperados. Así, las mujeres y disidencias han encontrado el margen, el borde desde el cual buscar complicidades, para corroer ese poder opresor.

Los libros y los medios de comunicación masiva nos muestran la violencia patriarcal sobre las mujeres musulmanas sometidas al velo; sin embargo, omiten todas las subversiones colectivas a ese orden moral que les ha permitido el acceso al estudio, por ejemplo.

También exhiben las violaciones en masa, los feminicidios; exhiben la impunidad del macho, la apropiación que realiza sobre el cuerpo de las mujeres como objeto de conquista. Pero no nos muestran las organizaciones comunitarias de mujeres en el cuidado y protección ante violencias machistas, en todos los territorios; en el Abya Yala los pueblos originarios mantienen prácticas rituales en armonía con el cosmos, donde el colonizador nunca llegó, y que les ha permitido sobrevivir, tal como nos cuenta Rita Segato (2017) desde Tilcara.

Allí, donde nos mostraron a las sufragistas, no nos mostraron a las libertarias, como es el caso de Lucy Eldine González, una luchadora política del siglo XIX, más conocida como Lucy Parsons, quien vivió reivindicando los derechos de lxs oprimidxs: trabajadorxs, racializadxs, migrantes, mujeres, y a la que le valió el apodo del título de este trabajo.

Tantas otras, como Emma Goldman, Virginia Bolten, que denunciaron el poder opresor del estado y las instituciones, las que militaban por el amor libre, la libertad sexual, y la libertad de decidir sobre sus cuerpos.

El conocimiento adquirido y practicado por siglos de la sanación a través de las hierbas, ese contacto genuino con la naturaleza fue arrebatado a las mujeres y transformado en la atrocidad que es la industria del medicamento hoy día.

Nos cuenta Silvia Federici que la caza de brujas destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimientos que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista.

La ciencia es parte del tinglado…

De esta forma nos la describe Vandana Shiva, doctora en Física y filósofa hindú:

“La ciencia moderna se nos presenta como un sistema de conocimiento universal y neutro, que ha desplazado a todos los demás sistemas de creencias y conocimientos por su universalidad y neutralidad en materia de valores, y por la lógica de su método para llegar a afirmaciones objetivas acerca de la naturaleza. Sin embargo, la corriente dominante de la ciencia moderna, el paradigma reduccionista o mecánico, es una respuesta determinada de un grupo determinado de gente. Es un proyecto específico del hombre occidental, que nació durante los siglos XV y XVII como la muy aclamada revolución científica. En años recientes, el saber feminista empezó a reconocer que el sistema científico dominante emergió como fuerza liberadora no para toda la humanidad (aunque se auto legitima en términos de mejoramiento universal de la especie), sino como un proyecto masculino y patriarcal que necesariamente entraña la subyugación de la naturaleza y la mujer.” (1988, pág. 46)

El liberalismo, a través de la ideología positivista-determinista, ha impregnado la sociedad capitalista-consumista de valores de sumisión subyacentes, reproduciendo la explotación en todos los ámbitos con la consigna de que están representadas las diversidades sexuales, étnicas, migrantes, con la famosa “cuota”.

De este modo, el poder hegemónico le ha dado lugar al feminismo liberal, ocupando lugares jerárquicos y visibilizando su modelo interpretativo de la “igualdad de género” totalmente reduccionista, que está encapsulado en una “agenda de derechos”, académica, burguesa, biologicista, que homogeniza las identidades, indicándoles en qué lugar luchar, para qué y cómo hacerlo.

Pero, de este lado del poder existen toda clase de feminismos, convergencias de resistencias al modelo liberal, con alternativas de toda índole, y, fundamentalmente antipatriarcales y populares.

Sujetxs políticxs que subvierten el poder siempre que pueden. Personas que interpretan la realidad en la que viven con otros paradigmas, que construyen conocimiento: no en base a la explotación de seres entre sí, ni competitivas, tampoco con fines de lucro. Sino con bases anticapitalistas, antisexistas, antirracistas, antipunitivistas, antifascistas, antiespecistas…

Sujetxs que no quieren”empoderarse”, sino que se alejan del poder, lo desafían y lo quieren destruir.

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Bibliografía

Emma Goldman, “La palabra como arma”

María Galindo, “¡A despatriarcar!” y “Feminismo Bastardo”

Silvia Rivera Cusicanqui, “Ch’ixinakax utxiwa”

Abdullah Öcallan, “Orígenes de la Civilización”

Silvia Federici, “Calibán y la bruja”

Luce Fabbri, “El Fascismo, definición e historia”

Rita Segato, entrevista de Ana Cacopardo.

Michel Foucault, “Microfísica del poder”

Vandana Shiva, “Abrazar la vida"

CALPU

 

Fuene: https://www.lahaine.org/ 

 

 

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EEUU: Roe contra Wade

Por: Gabriela Rodríguez

La posibilidad de aborto retrocede en EEUU

El derecho al aborto en EEUU ha estado apoyado en el fallo que emitió, hace 50 años, la Corte Suprema de Justicia. Fue el 22 de enero de 1973 cuando esa Corte anunció su decisión sobre el caso Roe contra Wade, el cual había sido presentado por Jane Roe, madre soltera de dos hijos que quiso interrumpir su tercer embarazo de manera segura y legal. Ella argumentó que la ley violaba el derecho de las mujeres a la intimidad y demandó a Henry Wade, fiscal del condado que se negó a dejar de perseguir a los médicos. La Corte estuvo de parte de Roe y anuló la ley de Texas, que prohibía el aborto. Fue así como se reconoció que el derecho constitucional a la privacidad es lo suficientemente amplio como para incluir la decisión de una mujer de interrumpir o no su embarazo.

Roe convirtió́ las leyes estatales restrictivas en inconstitucionales e hizo que los servicios de aborto se extendieran y fueran más seguros y accesibles para las mujeres en todo el país.

Cincuenta años después ocurrió en EEUU uno de los más graves retrocesos a los derechos de las mujeres. El 24 de junio del año pasado la Corte Suprema revocó la histórica decisión sobre el derecho al aborto Roe vs Wade 1973, al dictaminar que las personas ya no tienen ese derecho constitucional y al admitir que los estados puedan prohibir el aborto en cualquier etapa. Casi la mitad de los estados del país hoy procesan nuevas restricciones y prohibiciones.

El pasado 22 de enero, día del aniversario 50 del fallo del caso Roe contra Wade, se realizaron marchas masivas para recuperar el derecho al aborto en diversas ciudades de EEUU y, en el sentido opuesto, otras marchas por la vida de activistas antiaborto conmemoraron su desmantelamiento. Como reacción, el presidente Joe Biden prometió que hará todo lo que está en su poder para restaurar el derecho al aborto; por su parte, la vicepresidenta Kamala Harris, públicamente arremetió contra los esfuerzos en Washington y de estados con gobierno republicano por restringir el aborto, al que Harris calificó de derecho fundamental y constitucional de la mujer a tomar decisiones sobre su propio cuerpo (AP News, 22/1/23).

Con la anulación del fallo Roe contra Wade las nuevas generaciones llegarán a la edad reproductiva con menos derechos de los que tenían sus madres y abuelas. Es grave, porque a mayor restricción hay mayor riesgo de muerte por aborto; entre las más afectadas están nuestras migrantes.

De los 5.3 millones de paisanos que nacieron en México y viven en EEUU, 3 millones son mujeres mexicanas en edad reproductiva, de 15 a 49 años (American Community Survey, 2021). Sabemos que con los actuales medicamentos para inducir el aborto la seguridad avanzó significativamente: el riesgo de muerte por aborto es de uno en 100 mil procedimientos; para dimensionar comparativamente, el riesgo de muerte asociado al parto es 10 veces mayor (Roe vs Wade, antecedentes e impacto, Planned Parenthood of America, mayo de 2010).

Mientras en EEUU retroceden, más de 50 países han modificado en los últimos 25 años su legislación para permitir el acceso al aborto. La quinta parte de ellos en Asia. En América Latina la legislación ha avanzado en México (despenalizado en 10 entidades), Chile, Argentina, Ecuador y Colombia. En la mitad de los países de África también hay avances. Europa es el continente donde el derecho al aborto seguro es más extendido.

En el libro El acontecimiento, de la escritora francesa Annie Ernaux, la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2022 expone magistralmente los dolorosos procesos que ella vivió en octubre de 1963, cuando descubre que está embarazada y en tal momento no le cabe la menor duda que no desea ser madre. En esa Francia donde entonces se penalizaba el aborto con prisión y multa, al buscar un aborto clandestino se encuentra sola y desamparada frente a una sociedad que le vuelve la espalda.

“No me producía ninguna aprensión la idea de abortar. Me parecía, si no fácil, al menos factible; que no era necesario tener ningún valor especial para hacerlo. Era una desgracia muy común. Bastaba con seguir la senda por la que una larga cohorte de mujeres me había precedido. Desde la adolescencia había ido acumulando relatos relacionados con el aborto. Los había leído en las novelas o se los había oído contar en voz baja a las vecinas del barrio. Había ido adquiriendo un vago conocimiento sobre los métodos que podían utilizarse: la aguja de hacer punto, el peciolo del perejil, las inyecciones de agua jabonosa, la equitación. […] Una mañana me tumbé en la cama y deslicé con precaución la aguja de hacer punto dentro de mi sexo. Buscaba a tientas, sin encontrarlo, el cuello del útero y no podía evitar detenerme en cuanto notaba dolor. Me di cuenta de que no conseguiría hacerlo sola. Me sentía desesperada por mi impotencia. No estaba a la altura. Nada. Imposible. Lloro. Estoy harta. Después de mi infructuoso intento, llamé por teléfono al doctor N. Le dije que no quería tenerlo y que yo misma me había lesionado.”

El texto narra el dolor y el horror que Annie vivió por meses hasta lograr interrumpir su embarazo con una partera: "Pero precisamente porque ya no pesa ninguna prohibición sobre el aborto puedo afrontar de forma real este acontecimiento inolvidable."

* Secretaria general del Conapo
Gabrielarodr108

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Jueces machistas, policías violadores y abogados mentirososos

Por: Joaquín Urías

El caso de los policías de Estepona muestra el terrible mensaje de impunidad que la judicatura traslada a la sociedad.

Una madrugada de junio, dos muchachas vuelven a casa en coche con unos amigos. Han bebido mucho alcohol. Cuando una pareja de la policía local las para y las hace volver a casa en taxi respiran aliviadas por haberse librado de una multa. Sin embargo, al cabo del rato, los dos policías se presentan de uniforme en la casa donde se alojan. Los dos agentes se llaman Vicente Peña y Juan Carlos Galván y les doblan en edad. A una de las chicas, la que está más ebria, la fuerzan a consumir cocaína. Luego la amenazan para que se desnude. Uno de ellos la manosea y le introduce los dedos en la vagina. El otro la penetra sin preservativo. Ella, asustada, se deja hacer hasta que su amiga consigue que llegue ayuda.

Inicialmente, la Fiscalía acusa a los dos policías de un delito de agresión sexual y pide para ellos 30 años de cárcel. Más adelante, la muchacha, que lleva cuatro años sufriendo estrés traumático por esa terrible experiencia, siente que no es capaz de volver a revivirla en el juicio. Su abogado anuncia que no van a acusarlos.

El fiscal del caso entiende entonces que se encuentra ante un dilema: si sigue adelante con su acusación, a la mujer no le va a quedar más remedio que acudir al juicio como testigo. Para evitarlo, hace lo necesario para una condena sin juicio: propone un pacto a los policías. Ellos se reconocerán culpables de los hechos, la Fiscalía lo calificará de abuso, en vez de agresión sexual, y pedirá una condena de sólo dos años de prisión. El fiscal, así, le evita un mal trago a la víctima. Sin embargo, al mismo tiempo, renuncia en gran medida a su deber de perseguir los delitos y transmite cierta imagen de impunidad en este tipo de delitos. El acuerdo entre los violadores y el fiscal se presenta entonces ante el tribunal, que lo da por bueno y, sin necesidad de realizar juicio, dicta sentencia condenándolos a dos años, lo que se había solicitado.

¿Era esa la única opción de los magistrados? Según el art. 801 del Código Penal, ante un acuerdo de este tipo, los jueces están obligados a comprobar la conformidad de los acusados. Además, tienen que verificar que los hechos han sido correctamente calificados –es decir, que se condena por el delito correspondiente a lo probado– y que la pena es la adecuada. Si se dan esas circunstancias, tienen que aceptar el acuerdo. Seguramente en este caso, ante la falta de consentimiento de la mujer y las sucesivas penetraciones vaginales, era posible discutir la calificación como abuso sexual en vez de agresión. Los jueces también habrían podido tener en cuenta que la evidente agravante de ser agentes de la autoridad, de uniforme, impedía castigar con esa pena. Pero no lo hicieron.

En nuestro país se ha extendido la mala práctica de aceptar siempre los acuerdos de conformidad entre fiscal y acusados sin usar las atribuciones que ofrece la ley, y así sucedió en este caso.

Aun así, habían sido condenados a dos años de prisión. La ley, nuevamente, permite que el tribunal suspenda las penas de prisión de hasta dos años, de manera que los condenados eviten entrar en la cárcel. No es una obligación, sino una facultad de los jueces. De hecho, la norma dice que sólo debe suspenderse la pena si es razonable esperar que los condenados no vuelvan a cometer nuevos delitos. En nuestro caso, uno de los jueces, el magistrado Pedro Molero, entendió que los dos policías habían demostrado una alta peligrosidad y que, además, estaba en juego el valor de la defensa y la protección de la mujer y de su capacidad de decisión. Así que propuso que no hubiera suspensión y fueran a la cárcel. Sin embargo, los otros dos jueces no consideraron necesario amparar así la libertad general de la mujer. Decidieron librarlos de la prisión y obligarlos solo a recibir un curso de educación sexual.

Hasta aquí los hechos. Es evidente que la decisión de que los dos violadores no entren en prisión la ha tomado libremente un tribunal. Incluso es cierto que, a pesar del reducido margen que les dejaba el acuerdo del fiscal, los jueces podían haber evitado una condena de tan sólo dos años. Resulta razonable invocar este caso como un ejemplo de que una mayor sensibilidad de nuestra judicatura en cuestiones relativas a la libertad sexual de la mujer habría evitado el terrible mensaje de impunidad que se ha lanzado. Sin embargo, si algo hay inconcebible en este caso es la manera en la que públicamente se ha informado y reaccionado a lo sucedido. Ante las tibias críticas a las decisiones judiciales que llevaron a la impunidad en este caso, la derecha judicial ha respondido culpabilizando a la víctima… y a la ministra de Igualdad, Irene Montero. Y ha colado.

Incapaces de aceptar una crítica, muchos de los jueces más populares de Twitter, desde el juez Zipper a Ladycrocs, se lanzaron en tropel a intentar ocultar deliberadamente que la opción de imponer apenas unos cursillos sexuales fuera una decisión libre de unos magistrados. Para tapar esta evidencia pusieron el acento en el acuerdo de conformidad para rebajar la condena a dos años, difundiendo incluso la falsedad de que el juez que no lo obedeciera estaría prevaricando.

En la misma ceremonia de la confusión, uno de los abogados ultraderechistas más populares en Twitter se lanzó al cuello de la directora corporativa del diario Público, Ana Pardo de Vera, y al de la ministra Montero. La primera había retuiteado un artículo impecable que planteaba que si dos policías violadores son condenados sólo a unos cursillos de educación sexual, tenemos un problema con los jueces. La frase, como se ha explicado, era absolutamente razonable y veraz. Sin embargo este abogado, un tal José María de Pablo, la calificó de ignorante con el argumento falso de que cualquier otra solución hubiera sido prevaricar. Aprovechó para afirmar que con la reciente reforma del Código Penal, la ley del “solo sí es sí”, la pena hubiera sido inferior.

El abogado, presentado a menudo en los medios como un “experto”, consiguió que miles de personas lo creyeran. Ayudó para ello que muchos jueces en ejercicio lo apoyaran públicamente en sus mentiras. Todo vale para ocultar la responsabilidad de los jueces. Por si fuera poco, ante quienes lo pusieron en duda, el mismo abogado falsario invocó un artículo de la ley de enjuiciamiento que dice justo lo contrario. Hemos llegado a una situación en la que basta que un mentiroso con corbata diga “el artículo 787 de la LECrim obliga al juez a aceptar cualquier acuerdo de conformidad” para que miles de ciudadanos y periodistas lo crean, aunque sea evidentemente falso. Si además, en tono leguleyo, dice que por eso la culpa de que los violadores se libren de la cárcel con un cursillo de educación sexual es de Irene Montero, hay masas de ciudadanos que lo asumen a pies juntillas. Aunque en verdad no hayan comprendido un carajo, porque es incomprensible.

Que este abogado es en verdad un manipulador ultraderechista falsamente vestido de experto está fuera de duda. Nuestro problema como sociedad no es la desfachatez de estos falsarios jaleados por los propios jueces. Lo definitivamente dañino para la democracia es la imposibilidad de los medios de comunicación para desmontar estos bulos y ofrecer certezas a la ciudadanía. Siempre han existido noticias falsas, pero lo que caracteriza a los tiempos actuales es la falta de referencias fiables donde contrastar la verdad. Cuando los medios de comunicación se lanzan a la guerra partisana y prefieren dar las mentiras que su público quiere oír, antes que contrastar rigurosamente su veracidad, perdemos ese último asidero de seguridad. Sin medios confiables que resuelvan nuestras dudas, la ciudadanía elige creer al primer cantamañanas que se enfunde el traje y la corbata y se presente como un experto. Caemos en manos de demagogos manipuladores como el abogado de este caso, dedicados a inventar bulos políticamente motivados. Desde la ignorancia, sus adeptos los asumen como verdad absoluta y no se cortan en insultar al gobierno, a las mujeres y a quien se les ponga por delante, creyéndose cargados de razones.

Resulta desesperanzador que recurran a estos mecanismos precisamente quienes deberían ser los garantes públicos de la verdad: los jueces. Gran parte de nuestra judicatura vive aún en el principio autoritario de que es necesario evitar cualquier crítica pública de su actividad. En vez de reconocer sus debilidades, para mejorarlas, y resaltar sus muchas fortalezas, prefiere acudir a la manipulación y defender la falsa imagen de un poder judicial perfecto que jamás comete errores. Tengo mis reservas técnicas respecto a la redacción de la reforma del Código Penal y su eficacia jurídica, pero viendo el impacto mediático de decisiones como la que comentamos no me cabe duda de la necesidad de introducir en los operadores jurídicos un poco más de sensibilidad ante la violencia contra las mujeres. Seguramente hay que reformar la libertad del fiscal para llegar a acuerdos de conformidad en estos asuntos, pero también hay que actuar para que los jueces no pongan en libertad sin más a dos violadores que, casualmente, son policías.

En unos años, si una mujer sufre una violación en la feria de Estepona y acude a denunciarla a la policía municipal, puede que el policía que le coja la denuncia sea uno de estos dos violadores jaleados en las redes y protegidos por nuestros jueces.

Y a nosotros, ¿quién nos protege de ellos?

Ctxt

 

Fuente: https://www.lahaine.org/ 

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Se viene el 35o. Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias

Por: La Tinta 

Se realizará el 8, 9 y 10 de octubre en San Luis, Argentina 

Falta menos de un mes para encontrarnos entre mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersexuales, bisexuales y no binaries. Volvemos el 8, 9 y 10 de octubre, aunque nunca nos fuimos. Conversamos con Noelia Aguilar Moriena, vocera de la Comisión Organizadora del Encuentro que, este año, tiene sede en San Luis. Nos cuenta cómo vienen los preparativos y discusiones de la fiesta encuentrera que será multitudinaria.

Primero, lo primero: ¿ya te inscribiste? Solo queda un mes para llegar al encuentro autónomo, autogestivo, que hacemos entre todes. “Para que se puedan materializar, necesitamos del apoyo de todas y todes les encuentreres, y ese apoyo, además de acompañarnos y encontrarnos en octubre, es colaborar con una mínima inscripción de $500 o $400 que nos permite solventar todos los gastos”, nos dice Noelia Aguilar Moriena en conversación con La tinta y nos invita a seguir los pasos para inscribirnos en este link.

Hasta la fecha, la Comisión Organizadora recibió más de 75.000 solicitudes de alojamiento gratuito. La plaza hotelera en la ciudad de San Luis se completó a pocos días de anunciarse la fecha y les encuentreres buscan dónde dormir en localidades aledañas. Tras dos años de pandemia, una ley de interrupción de embarazo aprobada, una crisis que nos cala hasta los huesos y el odio en primera plana, el abrazo colectivo nos espera en la provincia puntana.

“Realizar el encuentro en la ciudad de San Luis, en territorio huarpe, comechingón y ranquel, es de mucha alegría y también de muchísimo compromiso -explica Noelia-. Desde la Comisión Organizadora, entendemos que es una gran oportunidad para aprender, articular, crecer como activistas en nuestros territorios y poder hacer un aporte significativo a nuestra comunidad”. Para ella, los saltos de aprendizaje son enormes y no los dan en soledad, las comisiones de encuentros anteriores les acompañan a maniobrar la organización de tamaño evento.

Hace tiempo vienen haciendo un profundo trabajo en la comunidad puntana para disipar el temor, algo que genera el desconocimiento y la mala información que difunden los sectores conservadores. “A medida que fuimos articulando con los medios de comunicación locales, dando notas, haciendo reuniones territoriales en los barrios, entrando en contacto con compañeras y compañeres de los territorios, pudimos informar de qué se trataba y esos temores iniciales se fueron disipando”, señala.

Encuentro plurinacional y disidente

El lunes 14 de octubre de 2019, último día del 34° Encuentro en La Plata, y en un hecho histórico, hubo un amplio pronunciamiento por el cambio de nombre de los tradicionales Encuentros Nacionales de Mujeres. Luego de un proceso de debate durante dos años en Chaco y Trelew, se decidió dar respuesta a la demanda de les integrantes de los pueblos y comunidades originarias de las 36 naciones del Abya Yala, de las identidades negras y afro, de las racializadas y migrantes, de las disidencias.

En ese mismo escenario, se eligió como próxima sede a la provincia puntana, que rápidamente conformó una Comisión Organizadora y comenzó a reunirse con un mayoritario planteo a favor de que el Encuentro “nos nombre a todas y todes, y que dejemos de callarnos e invisibilizarnos, que eso sí es violencia, de la más profunda -señala Noelia-. El cambio de nombre no es solamente nomenclatura, es un cambio político-ideológico muy profundo hacia dentro de los encuentros. Estamos convencidas y convencides de que saldamos deudas con nosotres mismes”. Para la compañera, se trata de erradicar una violencia simbólica, que se materializó como violencia física en el cierre del Encuentro en La Plata, cuando se agredió con empujones y golpes a compañeras indígenas y trans que quisieron subir al escenario.

 

 

Hoy, existen dos comisiones organizadoras en San Luis. Por un lado, la del Encuentro Plurinacional de mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersexuales, bisexuales y no binaries, que se realizará el 8, 9 y 10 de octubre, y, por otro, la del antiguo Encuentro Nacional de Mujeres, que rechazan el cambio de nombre y planean realizar el evento en el mes de noviembre.

Hace unos meses, la Comisión del Encuentro Plurinacional invitó a la otra a reuniones para trabajar conjuntamente en la organización del 35° Encuentro Plurinacional de mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersexuales, bisexuales y no binaries. “Nos dijeron que, a lo sumo, podían participar en octubre con dos encuentros paralelos, lo que nos pareció muy confuso y un poco mezquino someter a las y les encuentreres como un Boca-River al que el patriarcado nos tiene acostumbrades -explica Noelia-. Redoblamos la apuesta, la apertura y el diálogo, y las invitamos de manera amorosa, pero finalmente decidieron continuar con su fecha de noviembre”.

“Si quieren sumarse, todavía hay tiempo. Las puertas de esta Comisión Organizadora están abiertas hasta que el Encuentro concluya, que dejaremos de existir como tal”, refiere.

Lo que nos encuentra

Cada año, los debates que atraviesan los encuentros toman el tinte de las luchas que llevamos adelante como movimiento transfeminista, de las preocupaciones de quienes participamos, de lo que trae la Comisión Organizadora y el territorio donde se realiza. “Este año, vamos a celebrar que es el primer Encuentro con la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, que la gestamos y la logramos en las calles”, afirma Noelia.

Los acontecimientos de los últimos días también traen preguntas urgentes como transfeministas. “Las violencias que hemos observado sobre la vicepresidenta es el punto máximo de las violencias que puede recibir una mujer y que, de una forma u otra, hemos y venimos padeciendo quienes somos mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersexuales, bisexuales y no binarias, de la mano de este sistema patriarcal capitalista que nos oprime de múltiples formas. Como lo hace con las compañeras indígenas, con las compañeras piqueteras, con las compañeras negras, con las compañeras travas, con nosotras, las bisexuales”, sigue.

Los encuentros son un lugar para construir y tramar nuevas formas de hacer frente a estas violencias, “y esa tarea creo que nos vamos a dar todas y todes les encuentreres en octubre, para redoblar el esfuerzo y la lucha frente a este sistema violento que se ensaña con nosotras y nosotres”, concluye la activista.

Mientras las compañeras siguen con la inmensa tarea de preparar el Encuentro, nosotras vamos organizándonos para viajar a esta fiesta encuentrera de talleres, de grilla cultural, de marcha, de feria y plaza en tierras comechingonas, huarpes y ranqueles. ¡Nos vemos en San Luis!

Fuente: https://www.lahaine.org

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El padecimiento travesti, una cruda mirada

 
Por: Daniel Campione
 
Crónica autobiográfica o novela, el libro que comentamos es una inmersión en el universo trans, pintado tal como se (mal)vivía en esa comunidad en la década de 1980
 

Camila Sosa Villada.
Las malas.
Buenos Aires: Tusquets. 9ª reimpresión. 2022.
220 páginas.

Los asesinatos, los suicidios, la locura, el negro fantasma del SIDA penden, a veces todos a la vez, sobre esos “cuerpos desobedientes” que se niegan a alienarse en la apariencia de ser lo que no son, lo que todo el universo social espera de “ellos”.

A lo largo del libro están contadas con lujo de detalles las torturas morales y a veces también físicas, que propinaba a esa comunidad una sociedad imbuida de un machismo hipócrita y violento. Desde las burlas y los sobreentendidos hirientes hasta las agresiones más crueles, que más de una vez conducen al hostigamiento sistemático y a un “callejón” del que sólo puede librar el abandono de la escena pública o la locura.

La moral burguesa como herramienta de tormento

Tratan con una sociedad que al negarles el pan y la sal las llevaba a la prostitución como única fuente posible de subsistencia. Para luego descalificarlas justamente por prostituirse, además de por “anormales” a las que se margina de todo y de todos, ya en camino a la deshumanización.

El lugar de los hechos es Córdoba capital (Argentina), pero podría haber sido otra gran ciudad. Míseras, desamparadas, estigmatizadas por la mirada social, golpeadas por machos orgullosos de serlo y penalizadas por edictos y otras persecuciones policiales, un grupo de travestis son empujadas a un submundo en el que abundan demasiado las drogas y el alcohol y escasean de modo dramático los sentimientos amorosos.

La narradora ha llegado a la ciudad cordobesa a los 18 años, desde un ámbito pueblerino. Lleva ya en la mochila el maltrato familiar y la repulsa generalizada en cuanto se revela como “marica”, condición agravada en la consideración colectiva al adoptar vestimenta y actitudes de mujer.

Como no podía ser de otro modo, la policía es una presencia constante, siempre dispuesta al arresto y al castigo. Así como propensa a intercambiar algo de “tranquilidad” por favores sexuales.

En un momento podían ser “reinas” criaturas bellas y capaces de tragarse al mundo. Y sólo al rato caminar mirando cabeza para abajo para volverse “transparentes” una forma de invisibilización autoasumida con el objeto de eludir las constantes amenazas de humillación, cuando no de castigos corporales.

Una de las protagonistas repite todo el tiempo que “ser travesti es una fiesta”, pero esa celebración está teñida demasiado a menudo de sangre, y no en sentido metafórico

Está claro que la vida travesti está atravesada por coordenadas de clase. Todas eran pobres o al menos lo habían sido. La protagonista relata la profunda reluctancia con que recibían a travestis de clase alta y a tiempo parcial que intentaban mezclarse con ellas.

En el “hacer la calle”, sufren a clientes abusadores, con ánimo de esclavizarlas a sus peores fantasías. Que se podían tornar violentos o negarse a pagar si la atención no estaba acorde a lo que habían imaginado. Y están entre los más adinerados los que desarrollan peores actitudes.

Las sombras y la magia

La crudeza que impera en la narración no excluye momentos de vuelo poético e incluso toques fantásticos, que quizás sería mejor llamar alegóricos. Las travestis mutan de modo constante, cambian de indumentaria y de imagen pública. Incluso sus cuerpos se transforman con frecuencia, a veces hasta el límite de metamorfosis que las tornan irreconocibles.

No hay nada de romántico en la existencia trans que nos pinta Sosa Villada. Viven, por cierto, amores y amistades. Pero son difíciles, a menudo efímeras, tironeadas por experiencias horribles que hacen arduo alcanzar el disfrute. Y asimismo hay peleas violentísimas por razones nimias, disputas sangrientas por un cliente más o menos. Borracheras hasta hundirse en el vómito, consumo de sustancias hasta perder la conciencia.

La protección de todo un grupo por una “tía” veterana en la calle y en la vida, situada en el centro de la trama, tiene mucho de la dulzura anhelada. Y se mezcla con un vínculo demandante y hasta dictatorial, que impone su voluntad dominadora, incluso con “castigos” más bien arbitrarios.

La maternidad contra cualquier regla, conquistada y ejercida, puede ser motivo para un goce inmenso, al tiempo que desatar la más pronunciada hostilidad. Uno de los principales personajes vive esa experiencia de aristas contrapuestas, y no consigue eludir el cerco que se estrecha cada vez más sobre ella y su niño.

Asimismo habitan la trama personajes en el borde entre la realidad y la maravilla, que parecen venidos de dimensiones paralelas y flotar sobre este mundo sin pertenecerle del todo. Cultos indígenas y el catolicismo revestido de creencias mágicas realzan el clima algo esotérico de varios momentos de la narración.

Hoy podría argüirse que las situaciones relatadas pertenecen a un pasado superado, desde la celebración de logros gravitantes como la ley de identidad de género y el cupo laboral para personas trans. Eso implicaría minusvalorar el contrapeso que ofrece una sociedad cada vez más empobrecida, injusta, permeada por ideas racistas y contrarias a lo que llaman “ideología de género”. Incluso esas conquistas irrenunciables podrían estar bajo amenaza en un futuro próximo.

A lo largo del libro queda claro que junto, y en parte a causa, de los maltratos por su condición de género, las travestis padecen carencias materiales y falta de trabajo. Lo que los lleva a una existencia plagada de sufrimientos. Hasta el extremo de que su expectativa de vida se acorta de modo dramático en relación al promedio general.

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Con buen tino, la autora no prolonga el relato hasta su salida de la prostitución y su afianzamiento en la labor literaria y artística. De contar ese punto de llegada, este texto podría haberse resentido de ese aire de “redención” final que tan seguido contamina a la literatura o al cine.

Sí menciona más de una vez que, aunque igualmente parida por la miseria y el menosprecio, ha conocido “otros mundos”. Sobre todo por su paso por la universidad y no tanto por la enseñanza formal que allí se imparte sino por el capital social diferenciado que proporciona.

Deja a sus criaturas y a ella misma aún sumidas en medio de duelos a repetición y desastres difíciles de levantar. La esperanza es un bien escaso y son demasiadas las personas e instituciones listas para pisotearla.

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