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Venezuela: El feminismo como vanguardia para un cambio civilizatorio

 

Por: Jorge Forero

 

El capitalismo se ha erigido sobre la base de un régimen de desigualdad estructural, que se expresa de manera concreta en los múltiples y muy diversos sistemas de relaciones de la totalidad social, las cuales están signadas por las asimetrías y la dominación mediante sesgos de clases sociales, razas, géneros y credos, así como en el despojo inherente a la racionalidad geográfica centro- periferia de signo colonial e imperialista (Harvey, 2007).

 

 

Una de las desigualdades de mayor impacto en el régimen de las relaciones sociales del capital es la de género. En primer lugar, por su escala demográfica, ya que afecta por lo menos a la mitad de la población. En segundo lugar, por develar al patriarcado como orden social injusto e inhumano instaurado sobre la base de una carga histórica de opresión y violencia (Federici, 2010).

 

 

El feminismo como tensión creativa de contrahegemonía

 

 

El movimiento feminista irrumpe como manifestación de resistencia organizada y consciente de las mujeres frente a ese estado de las cosas. Cabe subrayar que en esta reflexión se refiere como tal a la corriente subversiva que propugna una auténtica revolución social, en contraposición a un feminismo pequeño burgués y corporativo (útil para homenajes estériles y ornamentales, pero inocuo para interpelar al orden social) que no trasciende las camisas de fuerza del Estado y del capital.

 

 

La extensa lucha del feminismo subversivo, además de conquistar logros normativos en materia de Derechos Humanos, derechos políticos, económicos, sociales y civiles, ha producido notables avances en la explicación de ese orden social capitalista. 

 

 

En tal sentido, sobresale la ruptura teórica dada por la emergencia de un enfoque feminista en el estudio de las relaciones económicas, toda una crítica a la economía política de carácter feminista, la cual además de denunciar los sesgos androcéntricos y mercantilistas de la economía clásica e incluso de la economía política crítica, y de poner en evidencia “la opresión más allá de las relaciones de clase y de la mercantilización del trabajo” (Quiroga y Gago, 2014. P. 2); ha develado la importancia del trabajo doméstico y del cuidado -funciones impuestas a las mujeres en la división sexual del trabajo-, como factores imprescindibles para la subsistencia del sistema.

 

 

Por tal motivo, se puede afirmar que uno de los cimientos fundamentales del sistema económico es la desigualdad de género, porque sin la apropiación de la plusvalía producida por el trabajo de las mujeres (labor no remunerada y no reconocida como un trabajo) el régimen de acumulación de capital que soporta al orden social sería insostenible, es decir, se derrumbaría por su inviabilidad material. 

 

 

En palabras de Carrasco (2013), el sistema económico “no tiene capacidad de reproducir la fuerza de trabajo bajo sus propias relaciones de producción” (p. 44). Por tanto, los procesos metabólicos de acumulación de capital se construyen “sobre una inmensa masa de trabajo no asalariado ni basado en relaciones contractuales”, es decir sobre un proceso –invisible– de expropiación de trabajo que desborda la noción marxista de plusvalía, en la medida en que trasciende las relaciones mercantiles, y de manera simultánea, fractura las concepciones de usufructo del trabajo como factor de la producción y de la tasa de ganancia, ya que la cuantificación de la reproducción social como proceso y producto del trabajo humano (cabe reiterar, trabajo no remunerado realizado primordialmente por las mujeres), alcanza escalas intergeneracionales, que además de ser incalculables, tienen un carácter vital para la sostenibilidad y reproducción del sistema.

 

 

De acuerdo con Quiroga y Gago (2014), la desigualdad de género es esencial al sistema económico capitalista, en razón de que la explotación femenina es “inmanente a la llamada acumulación originaria” (p. 2). De acuerdo con esta tesis, la desposesión del trabajo femenino y la expropiación del cuerpo de la mujer y con ello de su poder sobre la reproducción biológica y social, fue uno de los elementos medulares de dicho proceso histórico (descrito por Marx y Engels en el célebre capítulo XXIV de El Capital).

 

 

En la misma línea, las autoras citadas sostienen que en el contexto de estructuración e instauración del predominio de las relaciones sociales capitalistas, se “reelaboró una división sexual del trabajo que garantizaba la dependencia femenina frente al Estado, el mercado y la familia” (p. 9), y este proceso fue clave para garantizar la fuerza de trabajo que requería el sistema, así como la reproducción social del mismo.

 

 

Desigualdad de género y acumulación de capital: una relación orgánica

 

 

En sintonía con los postulados de David Harvey y de Silvia Federici, Quiroga y Gago afirman que el signo violento de la llamada acumulación originaria no es una particularidad histórica, ni mucho menos una etapa primitiva superada, sino que es un rasgo esencial del sistema, pues:

 

 

“El capitalismo nunca ha dejado de apelar a la violencia, al saqueo, al despojo y al desplazamiento. (…) no se trata de procesos incidentales: por el contrario, son inherentes a la necesidad permanente de expansión del mercado en el modo de producción capitalista. La desposesión de los bienes comunes materiales e inmateriales es un proceso permanente que salvaguarda el sistema en sus crisis y sostiene las condiciones de acumulación siempre crecientes” (p. 5).

 

 

De hecho, en el tiempo histórico actual se han acentuado las lógicas geopolíticas de mercantilización y apropiación de los bienes comunes, como medio para contrarrestar la decadencia del sistema[1], y en ese escenario, el trabajo femenino y el cuerpo de la mujer es concebido como una mercancía más, en este caso, como una cosa disponible para el mercado. “De acuerdo a este nuevo contrato sexual, (…) el trabajo femenino comenzó a aparecer como un recurso natural, disponible para todos, no menos que el aire que respiramos o el agua que bebemos” (Federici, 2010. p.135; citado por Quiroga y Gago, 2014. p. 10).

 

 

Romper con esa lógica de cosificación y mercantilización de lo humano instaurada como subjetividad hegemónica, es una de las premisas del pensamiento crítico y emancipador, como medio para subvertir la desigualdad de género sistémica y su régimen de opresión como eslabón medular en el tránsito hacia la emancipación, y para avanzar en la construcción de una fuerza política que edifique una sociedad más justa, libre e igualitaria.

 

 

El feminismo como vanguardia del cambio social

 

 

El horizonte estratégico de las demandas del movimiento feminista tiene eun potencial subversivo capaz de erosionar los propios cimientos del régimen del capital. Por tanto, no deben resultar extrañas ni mucho menos aleatorias, las campañas de tergiversación y de desprestigio en contra de los movimientos feministas (en particular de las expresiones radicales de este, en la medida en que interpelan al orden social), ya que la narrativa de este aglutina a un frente de lucha con capacidad de movilización y con legitimidad e influencia ante la opinión de la población, y además, porque sus organizaciones más avanzadas defienden un programa de lucha que desborda el umbral del género y comprende a las desigualdades en todas sus formas como un proceso- producto esencial al metabolismo del sistema capitalista.  

 

 

El movimiento feminista se encumbra como un referente de las subjetividades contrahegemónicas y en lucha por el cambio social, pero también como una fuerza política, social y económica de gran capacidad, tanto por su vitalidad y su legitimidad ante la sociedad, como por su potencial para promover un cambio civilizatorio radical en el que convergen intereses y objetivos de otros sectores oprimidos en relación con su clase social y su raza, o con la defensa del ambiente, los modos de vida y los Derechos Humanos (por citar algunos).

 

 

Las fuerzas e instrumentos políticos del conjunto de las clases subalternas que asumen la resistencia en contra de la depredación del capital, deben tejer alianzas con el movimiento feminista auténticamente contrahegemónico e insurgente, con el propósito de constituir un bloque político- social con la suficiente potencia para transformar el orden social patriarcal, clasista, racista y androcéntrico, para un cambio civilizatorio raizal.    

 

 

Este 8 de marzo debe convertirse en un hito para que desde abajo se acompañen de manera solidaria y militante las manifestaciones del movimiento feminista, y para avanzar en la constitución de ese bloque por la transformación social.

 

 

Referencias

 

 

– Federici, Silvia (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva (Trad. Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza). Madrid, Editorial: Historia, traficantes de sueños.

 

 

– Gago, Verónica y Quiroga, Natalia (2014). Los comunes en femenino. Cuerpo y poder ante la expropiación de las economías para la vida. Revista: Economía y Sociedad. Vol. 19 No. 45, (p. 1-18).

 

 

– Harvey, David (2007). El nuevo imperialismo. (2ª ed. en español). (Juan Mari Madariaga trad.). Madrid: Ediciones Akal.

 

 


 

 

[1] El geógrafo británico David Harvey en el texto El nuevo imperialismo, caracteriza esos procesos como ajustes espaciales-temporales, en virtud de que los mismos permiten la recomposición del metabolismo del sistema capitalista sobre la base de la ampliación de los circuitos del capital –a través de la expansión de los mercados, el control sobre nuevos territorios y sus recursos, y el usufructo de fuerza de trabajo mediante la flexibilización laboral-, pero esa recomposición es finita en el tiempo y el espacio, ya que en el corto plazo el capital requiere de nuevas fuentes de riqueza para garantizar su naturaleza de expansión incesante.

 

 

*Jorge Forero: Profesor e Investigador, especializado en ciencias sociales, militante revolucionario y colaborador de nuestra página insisto resisto. org

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Mujeres para otro Estado

 

Por: Editorial del 23 de febrero del 2021

 

 

Para superar la crisis que se expresa en falta de dinero en las mayorías trabajadoras, así como desempleo y empleos precarios para millones de personas, o despojo de tierras a quienes la trabajan, entendemos que debemos construir una dirección política y social compuesta por mujeres trabajadoras y por jóvenes trabajadores. Decimos esto porque las direcciones sociales y políticas de nuestro país, de derecha a izquierda, están compuestas mayoritariamente por hombres adultos, que son quienes tienen la mayor responsabilidad en la generación y profundización de la crisis, así como en la incapacidad para enfrentarla y superarla.

 

 

Hipocresía, doble moral, corrupción y defensa de intereses mezquinos se combinan en la manifestación de políticas públicas, en un Estado que expresa la manera en que los empresarios, terratenientes y banqueros entienden a la sociedad. Una manera de entender el mundo basada en ideas y prejuicios que funcionan como legitimadores para sostener los privilegios de una minoría, así como las profundas desigualdades que afectan a la mayoría.

 

 

En un reciente artículo escrito para nuestro medio, la comunicadora y camarada Claudia Colmán nos recuerda que “solo en enero de este año, un total de 2.133 llamadas al Sistema Operativo de Seguridad (SOS 137), para mujeres víctimas de violencia, casi el doble de casos que enero del año pasado (1.202 llamadas) y el triple que enero del 2019 (725 llamadas)”.

 

 

Así también, en una entrevista realizada por un medio de comunicación empresarial, la psicóloga clínica y dirigente comunista, Mirtha Maldonado, reflexiona sobre la educación integral de niñas y niños, diciendo, entre otras cosas, que “le cargamos muchas cosas al niño y desde temprano le autorizamos a que tengan una percepción de superioridad hacia las niñas. Por ejemplo, le decimos que “va a tener muchas novias” o que los niños no deben llorar, son roles que se van cargando desde chicos”.

 

 

La crisis del capitalismo, al ser civilizatoria, genera un temblor en la manera de ver al mundo y de vivirlo, de relacionarnos. Y ese temblor está directamente asociado con su propuesta productiva que incluye a la propuesta educativa y se expresa de manera dominante en los hogares, en los barrios y comunidades, en las calles, en los lugares de trabajo, en la escuela, el colegio y la universidad, así como en todos los centros sociales como clubes, iglesias y demás organizaciones.

 

 

El Ministerio de la Mujer es la expresión de este Estado que solo sirve para defender los privilegios de la minoría. No tiene ni la estructura ni la visión para desarrollar políticas públicas que combatan las ideas opresivas que tiene la sociedad respecto a las mujeres, que se expresa en desigualdades salariales y en violencia familiar y laboral. Pero sí se ocupa de conflictos entre millonarios, como el caso entre Villamayor y Giménez.

 

 

¿Pero entonces somos directamente responsables de esta situación? Tenemos dos respuestas opuestas a esta pregunta: la primera es que individualmente no somos directamente responsables de esta situación. Y la segunda es que colectivamente, en la medida en que optamos por el encuentro y la organización social y política como trabajadoras y trabajadores, somos responsables y podemos disputar la orientación de nuestros destinos.

 

 

Las mujeres trabajadoras, por la trayectoria dominante en los trabajos de cuidado y de organización, en la necesidad de administrar necesidades con sectores vulnerables de la sociedad, como son las niñas y los niños, las ancianas y los ancianos, así como la nutrición del hogar y ese doble trabajo tanto en la fábrica, empresa o chacra, y luego en la casa, tienen una fortaleza y potencialidad que cuando se hace consciente, es capaz de remover los cimientos de la sociedad conservadora para poner las cosas en su lugar.

 

 

El caso de la juventud trabajadora es similar, por la energía y rebeldía propia de esos años, por el ingenio y la confianza en crear y recrear el mundo, lo que la ubica como potencial protagonista de las grandes luchas revolucionarias.

 

 

Como humanidad y como país, tenemos una historia cargada de novedades liberadoras, que nos inspiran y seguirán inspirando a nuevas batallas por la justicia y la belleza, por una vida que con seguridad tendrá otros problemas, pero no los repetitivos problemas que surgen producto de la desigualdad, la mezquindad de quienes están el poder y la explotación por parte de la clase millonaria, tanto a seres humanos como a la naturaleza.

 

 

En el Paraguay necesitamos otros Estado. Muy opuesto al que sin escrúpulos utiliza las instituciones públicas para defender y legitimar los intereses de sectores que históricamente han despojado de manera violenta los derechos de las mayorías.

 

 

Necesitamos un Estado capaz de organizar la educación y la convivencia social fortaleciendo la seguridad y la confianza en cada habitante, desde su niñez. Y ese grado de organización nos obliga a combatir ese espíritu competitivo sustituyéndolo por el colaborativo, buscando que las niñas y los niños aprendan a complementarse entre sí, valorar su imaginación y capacidad de acción, su libertad para jugar y compartir responsabilidades por igual, gracias a ese amor que mujeres y hombres esperanzados y seguros de un futuro mejor pueden dar.

 

 

Estamos hablando de un Estado que se gesta y se viene gestando entre la gente, que crece a partir de experiencias de familias y grupos organizados que van dando el ejemplo de que otra propuesta es, además de necesaria, posible y superadora de la actual forma en que nos relacionamos.

 

 

Tenemos la plena certeza de que esa sociedad nueva, para materializarse, deberá tener una protagónica participación de mujeres trabajadoras y juventud trabajadora tanto en las bases como en la dirección del proyecto.

 

 

Frente a tanta miseria y saqueo, frente a tanta violencia y miedo engendrada por la actual forma de ver y de vivir en el mundo, la clase trabajadora tiene el gran desafío de inventar nuevas formas de hacer política con un protagonismo marcado por las mujeres y la juventud para poder irradiar esa novedosa identidad movilizadora y transformadora que nos permita una arrolladora unidad amplia con la profundidad requerida para el cambio.

 

 

Imagen de inicio: Ilustración de Javier Laterra para Adelante!

 

Fuente: https://adelantenoticias.com/ 

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Una dura pelea

 

Entre la prohibición y la legalización: En América Latina las feministas se movilizan por el derecho a la interrupción del embarazo

 

Por: Julieta Daza A. (Artículo de www.jungewelt.de, traducción para www.abpnoticias.org)

 

El 15 de enero por fin llegó el momento. En Argentina entró en vigencia la ley que legaliza la interrupción voluntaria del embarazo, y que reglamenta este derecho que a partir de ahora deberá ser garantizado por el Estado y el sistema de salud pública. A finales de 2020 tanto la Cámara de Diputados, como el Senado del Congreso argentino, habían votado a favor de la propuesta de ley.  

 

Sólo pocos días después, exactamente el 21 de enero, otro país latinoamericano, Honduras, consolidaba la ya de antemano sumamente restrictiva legislación referente al aborto. En el país centroamericano la prohibición del aborto bajo cualquier circunstancia está plasmada en el código penal desde 1997. Sin embargo, con los hechos recientes, el Congreso hondureño adicionalmente elevó esta prohibición a rango constitucional.

 

El fuerte contraste de estos ejemplos es expresión de la situación muy diferenciada que viven las mujeres y niñas en América Latina y el Caribe, en relación con el derecho a decidir sobre sus cuerpos. Las diversas legislaciones en la región van desde la total legalidad, pasando por la despenalización bajo ciertas circunstancias, hasta la prohibición absoluta en todos los casos. Sin embargo las leyes de carácter progresista son más bien la excepción. A esto se le suma que incluso en países en los que está permitida la interrupción del embarazo bajo ciertas condiciones, su realización con frecuencia resulta difícil. Entre las causas de esto se puede mencionar la estigmatización social debido a posiciones conservadoras y/o religiosas, así como obstáculos de carácter burocrático en las instituciones médicas o estatales.

 

En los últimos años el fundamentalismo religioso, tanto de la iglesia católica, como de las evangélicas, ha adquirido un peso importante. Ello sin duda se puede leer como una reacción a los logros del feminismo y del movimiento LGBTQI en América Latina.

 

 

Una cuestión social

 

Como consecuencia de legislaciones restrictivas, las mujeres y niñas que no están en capacidad de costear un aborto en una clínica privada se ven obligadas a recurrir a métodos clandestinos y riesgosos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre el 2010 y 2014 tres de cada cuatro abortos en la región se realizaron de manera riesgosa. Esto quiere decir que en su realización se utilizaron métodos que no están recomendados por la OMS, ni por otras instituciones médicas, y/o que el procedimiento fue efectuado sin el acompañamiento de personal de la salud formado para ello.

 

En el marco de la Pandemia del Coronavirus la situación de mujeres y niñas se tornó más dramática. Durante las cuarentenas decretadas en muchos países los casos de violencia sexual aumentaron. A la vez se dificultó más aún el acceso a anticonceptivos y abortos seguros. Adicionalmente los despidos laborales y el desmonte de la seguridad social han golpeado fuertemente a las mujeres, ya que en consecuencia, muchas han perdido su independencia económica.

 

Las feministas de la región consideran la legalización en Argentina como un gran hito histórico. Además de en Argentina, solamente en Cuba, Guyana, Uruguay, Puerto Rico, así como en la capital mexicana Ciudad de México y el Estado Oaxaca del mismo país está legalmente permitida la interrupción del embarazo. Otra fortaleza de la nueva ley en Argentina es que considera e incluye „otras identidades de género con capacidad de gestar“. Junto a dicha ley igualmente entró en vigencia el „Plan de los mil días“, el cual prevé el acompañamiento estatal a mujeres durante el embarazo y los primeros tres años de vida del niño o niña. Como lo señaló la secretaria legal y técnica de la Presidencia, Vilma Ibarra, el objetivo del plan es apoyar a madres en el ámbito social y de salud, en función de que „ninguna mujer se decida por la opción de abortar por falta de recursos“.

 

Un triunfo de las feministas

 

Para Estefanía Cioffi, médica e integrante de la Red de profesionales de la salud por el derecho a decidir, la legalización de la interrupción del embarazo en Argentina es sobre todo un logro del movimiento feminista. Frente al diario junge Welt Cioffi, a principios de febrero, remarcó que este movimiento lleva más de treinta años organizando encuentros de mujeres internacionales, en los que también participan lesbianas y trans. La campaña concreta por el aborto legal, seguro y gratuito surgió en ese marco, hace más de quince años. Desde entonces „más de 300 organizaciones se han sumado, incluyendo sindicatos y espacios estudiantiles“.

 

Según Cioffi ahora el reto más grande consiste en garantizar la implementación práctica de la ley. „Vivimos en un país muy extenso, con realidades muy distintas (…)“. Para garantizar la aplicación del derecho a la interrupción del embarazo „necesita de mucha organización feminista (…). Ésta debe servir como observador de la implementación de la ley, debe tener un carácter popular, y estar arraigada en el territorio en todas las regiones, para ser puente entre las personas que necesitan acceder al derecho de la interrupción del embarazo, y quien tiene la obligación de garantizarlo: el Estado“, explicó la activista.

 

Entre los diferentes países en los cuales está despenalizado el aborto bajo ciertas condiciones, varían mucho las legislaciones. Según el „Centro por los derechos reproductivos“ (Center for Reproductive Rights) Estados como Bolivia o Ecuador entre otros, permiten la interrupción del embarazo cuando está en peligro la salud psicológica y/o física de la mujer. En Colombia la interrupción del embarazo es legal en casos de violación, incesto o de grave malformación del feto que haga inviable su vida.

En otros países, como por ejemplo Brasil, Chile o Guatemala, es mucho más restrictiva la legislación. En estos sólo está permitido el aborto cuando está en riesgo la vida de la mujer. Pero incluso en este caso con frecuencia surgen dificultades para su realización legal, segura y gratuita. También en Venezuela, a pesar de su Gobierno progresista, está prohibida la interrupción del embarazo; la legislación sobre ello plasmada en el código penal prácticamente no ha sido modificada desde 1897. Sin embargo, un logro importante en el marco de la Revolución Bolivariana iniciada hace veinte años, fue la promulgación de la „Ley orgánica sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia“. Ésta es considerada por el movimiento feminista como un paso importante.

 

Para la feminista venezolana Laura S., que desde 2013 apoya a mujeres que se deciden por una interrupción, un debate real sobre el derecho al aborto en el país, no ha sido posible hasta el momento en gran medida porque algunos miembros del partido de Gobierno PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), quienes ocupan importantes cargos de decisión, han representado posiciones religiosas y conservadoras respecto de los derechos sexuales y reproductivos. Pero como también enfatizó la activista frente al diario junge Welt a principios de febrero, hasta ahora tampoco el movimiento feminista ha logrado movilizar grandes sectores de la población a favor de esta causa.

 

„Sin embargo, cotidianamente se practica abortos en Venezuela. Generalmente de manera clandestina e insegura por estar prohibido y penalizado. Además en medio de la guerra imperialista y compleja situación económica resulta más difícil aún acceder a los medicamentos necesarios para poder practicarse un aborto“. Organizaciones como „Faldas-r“ o „Entre Nosotras“ ofrecen información sobre métodos seguros por vía telefónica. „Pero aún hay limitaciones en que estas organizaciones sean más conocidas y en que realmente todas las mujeres conozcan que existen (...)“, señala S. Según la activista, la falta de información segura y completa puede llevar en el peor de los casos a la aparición de graves complicaciones médicas. Como consecuencia las mujeres se verían en la necesidad de buscar atención profesional en centros de salud „donde son expuestas a ser juzgadas y hasta denunciadas por el personal médico, por abortar“.

 

Según datos del „Centro por los derechos reproductivos“ (Center for Reproductive Rights) la interrupción del embarazo está totalmente prohibida en 26 países. Nueve de estos Estados, es decir casi la tercera parte, se encuentran en América Latina, la mayoría de ellos en Centroamérica o en el Caribe. La reforma constitucional en Honduras evidencia la peligrosa tendencia a blindar e incluso profundizar las legislaciones sobre derechos reproductivos, ya de por sí sumamente restrictivas.

 

Imagen: https://www.milenio.com/politica/comunidad/que-pasa-con-el-aborto-en-mexico-y-america-latina

 

 

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La izquierda y la cuestión trans (I)

 
 
Por: Edurne LH
 
 
 
Si ser trans ya es difícil de por sí, con toda la discriminación y violencias que aguantamos a diario, con el ruido actual ya es como una peli de terror
 
 

Soy una mujer trans. Hace unos meses “salí del armario”, como se dice popularmente. Me costó sudor y lágrimas. De hecho, me costó 33 años aceptarme a mi misma y dejar de reprimirme. Luego me costó otros 7 años dar el paso y decirle al mundo quién era realmente. Tuve que lidiar con muchas dudas, miedos, vergüenzas e inseguridades. Además, por varias circunstancias me había hecho una persona conocida en varios ámbitos, debido a mi trabajo periodístico y a varios casos represivos que sufrí, lo cuál hacía más difícil dar el paso. ¿Qué pensaría todo mi entorno, acostumbradxs a identificarme como hombre durante años? ¿Sufriría rechazo? ¿Pensarían que “estaba locO”? Mil preguntas y dudas me venían a la cabeza cada vez que pensaba en la posibilidad de dar el paso.

 

 

Tras años de estar deconstruyéndome como el hombre que la sociedad me había obligado a ser, y tras años de andar descubriéndome a mí misma, por fin di el paso. Algo en lo que me apoyé era que siempre me he movido en un espectro sociológico de izquierda anticapitalista, y me dije a mi misma que en ese entorno el tema trans estaba más aceptado que en el resto de la sociedad.

 

 

El 29 de mayo del 2020 me armé de valor e hice pública mi transición a través de un vídeo. Unos diez días después, el partido de los GAL hizo público un argumentario transfobo donde se negaba la realidad de las personas trans, el documento señalaba principalmente a las mujeres trans y negaba nuestra identidad de mujer. Entonces empezó la guerra.

 

 

No es que no hubiera habido polémicas anteriores a este documento, pero entonces aún eran, más o menos, de baja intensidad. Quizás los dos hechos más reseñables anteriores a este argumentario fueron dos: la polémica surgida tras la celebración de la Escuela Feminista Rosario de Acuña en Gijón, en verano de 2019, donde varias de las ponentes (algunas de ellas directamente del PSOE o cercanas ideológicamente a ese partido) dijeron lindezas como “digo tíos, porque son tíos” refiriéndose a las mujeres trans, o que “ser trans es un capricho neoliberal”. El otro hecho reseñable fue el altercado ocurrido durante la manifestación del 8 de marzo de 2020, cuando un grupo de autodenominadas “abolicionistas de la prostitución” tras no haber conseguido imponer sus lemas en la movilización unitaria, trató sin éxito de tomar por asalto el escenario colocado para el acto que ponía fin a la multitudinaria manifestación y posteriormente abucheó a una mujer trans que leía parte del manifiesto.

 

 

Pero tras el argumentario transfobo del PSOE, y con el debate sobre la propuesta de nueva ley trans estatal (que llevaba encima de la mesa desde 2018) de fondo, la cosa empezó a subir de tono. No sorprendía que personajes como Ignacio Arsuaga, presidente de la organización ultracatólica Hazte Oír aplaudiera la postura del PSOE al tiempo que decía que les daban la razón sobre el transfobús que la organización ultra puso en funcionamiento en febrero de 2017.

 

https://twitter.com/iarsuaga/status/1270756832118743041

 

Lo que si sorprendía es que personas y organizaciones de izquierda no institucional empezaban a comprar los argumentos del PSOE. Fue entonces cuando empezaron a cobrar fuerza argumentos reaccionarios que vinculaban a las personas trans con lo neoliberal, con el proxenetismo, con la gestación subrogada, con la misoginia o incluso con la pedofilia.

 

 

Hacia unas pocas semanas que había dado el paso de decirle al mundo quién era y no daba crédito a lo que estaba pasando. Llevaba más de 23 años militando en diversos espacios, desde Centros Sociales Okupados, colectivos de barrio, organizaciones políticas, proyectos de contrainformación, plataformas por derechos básicos… y jamás había visto que argumentos tan reaccionarios calaran de tal forma en la izquierda. Sorprendía que gran parte del argumentario era calcado al de organizaciones de extrema derecha, ultracatólicas, etcétera.

 

 

La patologización social

 

 

Cuando das el paso de decirle al mundo quien eres en realidad, empiezas a notar la transfobia social e institucional desde el minuto cero. Desde bajar a comprar el pan y aguantar las miradas de gran parte de los transeúntes (al final acabas hasta clasificándolas: miradas de desaprobación, de burla, de espanto, de sorpresa…) a acudir a cualquier institución a realizar un trámite y, según con quién des, ser tratada como si fueras “un locO”. Y eso por no hablar de las agresiones físicas, que de momento tengo la suerte de no haber sufrido, aunque es algo que va en aumento en el Estado español (curiosamente han aumentado en paralelo a toda esta polémica).

 

 

Cuando hablamos de despatologización y patologización siempre lo hacemos en términos médicos, y es que hay que recordar que fue prácticamente ayer (junio de 2018) cuando la OMS dejó de considerarnos a las personas trans como enfermas mentales, al igual que fue prácticamente antes de ayer (mayo de 1990) cuando dejó de considerar la homosexualidad como enfermedad mental.

 

 

Pero pese a que la OMS ya no nos considera enfermas mentales, hay una patologización que no está regida por la OMS ni por términos médicos: la patologización social. Esa que lleva a gran parte de la población a pensar “si es trans muy bien de la cabeza no puede estar”.

 

 

Mucha gente se sorprende cuando cuento como, en la ciudad donde vivo, mucha gente que podríamos situar sociológicamente en un entorno de izquierda, anticapitalista, independentista o libertario ha dejado de hablarme desde el preciso momento en que hice pública mi verdadera identidad. También están los que no me han retirado el saludo, pero que antes, cuando me leían como hombre, siempre se paraban a hablar conmigo al cruzarnos por la calle, y hoy te saludan de lejos y se van corriendo, no vaya a ser que “les contagies” y mañana se levanten pensando “no quiero tener esto entre las piernas”.

 

 

Es también muy obvio que otras tantas personas que antes consideraba compañeras, han dejado de tomarme en serio por el simple hecho de ser trans. No lo dirán abiertamente, pero el rechazo se nota, y se nota desde el minuto cero.

 

 

La izquierda sociológica y la cuestión trans

 

 

Desde el momento en que empecé a militar políticamente y a participar en espacios liberados, allá con mis 17 añitos, siempre tuve claro que la izquierda estaba en contra de cualquier discriminación, ya fuera por raza, por clase, por género, sexualidad, etcétera. Fue un punto decisivo para acercarme y empezar a participar en la izquierda, me parecía (y me sigue pareciendo) algo básico y elemental.

 

 

Hoy, con el debate sobre la propuesta de ley trans estatal encima de la mesa y toda la guerra que está trayendo, me empiezo a plantear si esto era real. Es alucinante la cantidad de insultos, de cuestionamientos o de faltas de respeto que he tenido que aguantar desde hace 9 meses, cuando di el paso de anunciar públicamente mi condición de mujer trans.

 

 

Y sobre todo es alucinante porque muchas de ellas han venido de gente que se autocalifica “de izquierda” o “feminista”. “Machito con falda”, “misóginO”, “travelo”, “engendro”, “estas a favor de los vientres de alquiler”, “eres de la secta queer”, “irracional”, y un largo etcétera. Incluso no han faltado quienes, a raíz de escribir varios artículos sobre la cuestión trans, se han apresurado a decir que “estoy a sueldo de Soros” o del “lobby trans-queer”. ¡Y yo precaria de por vida! ¡Por favor! ¡Díganme donde está el lobby ese para ir a pasarles la factura!

 

 

Si ser trans ya es difícil de por sí, con toda la discriminación, cuestionamientos y violencias que aguantamos a diario, con el ruido actual sobre las personas trans ya es como una peli de terror. Estar en medio de esta guerra, en medio de este debate tan polarizado sobre nuestros derechos, en el que las personas trans se han convertido sin quererlo en el centro del debate, donde todo el mundo opina por ellas sin tenerlas en cuenta. A nivel psicológico y sumado a todas las demás opresiones, es una presión inaguantable.

 

 

Las falacias del hombre de paja

 

 

Los mantras que acompañan estos argumentos transexcluyentes son variados y más falsos que un billete de 17,50. Durante estos meses me los he aprendido de memoria. Son como el sermón de una iglesia. Son ideas que nacen con el único propósito de señalar y difundir odio.

 

 

Uno de ellos es el que nos vincula a las personas trans con los vientres de alquiler. Es la falacia del hombre de paja. ¿Porque si la inmensa mayoría de parejas usuarias de vientres de alquiler son cis y hetero, seguidos de lejos por parejas gays y lesbianas, y dejando un ridículo porcentaje de personas trans que optan por la trata reproductiva, se nos carga al colectivo trans con este San Benito? Aunque hay organizaciones, como la FELGTB (cercana al PSOE, mire usted por donde) que sí que se posicionan a favor de esta práctica, la realidad es que hay muchas otras organizaciones que se han manifestado en contra de ella. Quienes vinculan al colectivo trans con ella nunca hablan, por ejemplo, de esta campaña que impulsó parte la comunidad LGTBI+ con el nombre #FELGTBNoEnMiNombre – LGTBI contra la trata reproductiva.

 

 

Otro mantra es el de vincularnos al colectivo trans con el proxenetismo., la prostitución, etcétera. En primer lugar, si hay un porcentaje alto de mujeres trans que opta por la prostitución es por consecuencia directa a la discriminación laboral que sufren. En segundo lugar, confundir o equiparar a la prostituta con el proxeneta, como muchas veces se hace, es como confundir o equiparar al obrero con el patrón. Es absurdo. Y, en tercer lugar, ¿Cuántas mujeres trans podrían dejar la prostitución si en la ley se implementasen medidas para acabar con el veto laboral a las personas trans? Me hacen gracia quienes se dicen abolicionistas de la prostitución, pero que con sus acciones (oponiéndose a que haya una ley trans estatal que implemente dichas medidas) perpetúan el que a muchas mujeres trans no les quede más remedio que prostituirse para ganar el sustento. A eso yo le llamo HIPOCRESÍA.

 

 

Luego tenemos la receta estrella transexcluyente para infantilizar y ridiculizar a las personas trans: 1º) Háblese de las identidades de las personas trans como un “deseo”, un “capricho”, una “elección” o “algo subjetivo” o “irreal”. 2º) Vincúlese esto con el neoliberalismo, el egoísmo, lo individual, lo insolidario, etcétera… 3º) Trate a las personas trans como si lo fueran porque lo acaban de ver en el catálogo del IKEA. 4º) Añada palabras como “posmo” o “cuir” todo el rato, aunque no vengan a cuento. Quedará usted de superguay y megarrevolucionario.

 

 

Lo que hay que entender, es que las personas trans no elegimos ser trans, al igual que una persona hetero o una persona homosexual no eligen su sexualidad. Lo único que podemos elegir es si vivir escondidas o si contarle al mundo quienes somos en realidad. De ser una elección, desde luego que mucha gente trans habría elegido no ser trans ¿Para qué? ¿Para pasar por toda la discriminación que pasamos a diario? ¿Para ser continuamente cuestionadas? ¿Para engrosar la lista de personas trans que se acaban suicidando porque sienten que no encajan en esta sociedad? Para eso, seguro que muchas personas trans preferirían haber estado acorde con el género asignado al nacer. Mucho más fácil. Así que resulta patético hablar del hecho de ser trans en esos términos. No veas tú que “capricho” es vivir en un día a día de discriminación.

 

 

Otra falacia de las más nocivas a la par que ridícula, y que además es de las más usadas, es la diferenciación y segregación entre dos términos: transexual y transgénero. En el imaginario transexcluyente, transexual sería la persona trans que habría llevado a cabo los procesos de hormonación y cirugías, y transgénero sería quien no ha llevado a cabo dichos procesos. Por supuesto esto busca separar, el clásico “divide y vencerás”, el crear personas trans “de primera” y personas trans “de segunda”, otorgándole superioridad a las personas que llaman transexuales sobre el resto. Que además es una falsa superioridad, tener claro que al final, a las personas transexcluyentes les importan una mierda los derechos tanto de unas como de otras. En mi opinión, la introducción del término transgénero, es algo que nació en el mundo anglosajón entre otras causas por razones lingüísticas. Pero hay quien se ha apresurado a utilizar esta diferenciación para dividir. Al estilo de “los okupas buenos” vs. “los okupas malos”, los “manifestantes demócratas” vs “los manifestantes violentos” o tantos otros ejemplos. Yo, normalmente no hablo ni de transexual ni de transgénero, hablo de personas trans, pero no tengo nada con que cada unx utilice tal o cual término, siempre y cuando no lo haga con ánimo de separar y crear “niveles” de personas trans.

 

 

Siguiendo con los dogmas de fe transexcluyentes está el que dice que el feminismo en masa está en contra de la propuesta de ley trans estatal. Pero la realidad nos demuestra que el manifiesto reaccionario «contra el borrado de las mujeres» recogió 100 firmas de colectivos y 3.000 personas, y eso en 6 meses que dieron la posibilidad de firmarlo. En cambio, el manifiesto feminista por los derechos de las personas trans ha recogido firma de 600 colectivos y 11.000 personas en UNA SEMANA. Este hecho desmonta totalmente esa afirmación. Pese a lo cual, desde posturas transexcluyentes siguen arrogándose el papel de ser la vanguardia del feminismo. Y hasta creen que pueden ir retirando carnet de feministas a quien se muestra a favor de los derechos trans.

 

 

Y el mejor de todos, el dogma transexcluyente por antonomasia, es el de “el borrado de las mujeres”. Esta idea bebe de las mismas fuentes reaccionarias de las que tantos ejemplos tenemos en la historia. Véase: “Si dejamos votar a las mujeres los hombres vamos a perder derechos”. “si le damos derechos a los negros los blancos vamos a perder los nuestros” o “si dejamos que los homosexuales se casen será el fin de las familias tradicionales heteros”. Además, de ser verdad esta profecía, que cuenta que al dar derechos a las personas trans las mujeres perderán los suyos y serán “borradas del mapa”, podríamos concluir que ya no existen mujeres en Andalucía, o en Madrid, Valencia, Aragón o en Hego Euskal Herria. Porque en estas comunidades ya funcionan desde hace años leyes autonómicas que legislan en base a la despatologización y la autodeterminación de género. Tampoco existen ya mujeres argentinas, canadienses, maltesas, danesas, portuguesas… y un largo etcétera.

 

 

Existen muchas más falacias del hombre de paja. Muchos más mantras y muchas más mentiras dentro de los argumentos transexcluyentes, pero creo que con esto he dado unas pequeñas pinceladas sobre cómo funciona este ideario.

 

 

@Edur_LH

 

Fuente: https://www.lahaine.org/