La paz en Colombia signo de la nueva epoca

Por: Miguel Ángel Sandoval


I


Colombia se encuentra a las puertas de terminar de manera formal el proceso de guerra que inicio en sus condiciones políticas, sin exagerar, con el bogotazo allá por el año 1948. Mas adelante, con los ataques a las llamadas republicas independientes de Marquetalia, el Pato, Guayabero, Rio Chiquito por el año de 1964, y dio inicio la guerra de guerrillas en un proceso que ahora termina y que duro más de 50 años con sus días y sus noches. Hubo en estos años varios intentos de buscar la paz mediante el dialogo pero ello no dio sus mejores frutos.


Seguramente este resumen no hace justicia a todos los episodios vividos en ese proceso. Pero la intención de esas notas (de forma muy resumida y sintética) es reflexionar sobre lo que a partir de ahora se inicia como proceso en Colombia. Se hace sobre la base de otras experiencias, en particular sobre la guatemalteca que es el proceso en el país que vivo y nací desde hace muchos años; también por haber acompañado de manera solidaria, aún si a distancia, el desenvolvimiento del proceso colombiano en los últimos 5 años por lo menos.


Hace unos días, entrevistado por Notimex, afirmaba ante la pregunta sobre las diferencias entre el proceso colombiano y guatemalteco, que había dos o tres temas que en Colombia se habían, hasta este día, desarrollado con mejores resultados que en Guatemala. Hablo de lo firmado en la mesa, lo cual debe pasar por un proceso de implementación que tiene como siempre muchas interrogantes. De manera esquemática se pueden identificar:


Una visión mucho más desarrollada sobre la justicia transicional y los derechos de las víctimas del largo conflicto armado.


Un acuerdo agrario de una amplitud que deja pensar en un cambio profundo en la estructura agraria colombiana.


El inicio de la transición política donde junto a la construcción de un instrumento político, hay la participación de un buen grupo de cuadros de las FARC en la vida política institucional.


El plebiscito que debe confirmar los acuerdos, a realizarse en el mejor de los tiempos políticos en este tipo de procesos.


Hay otros puntos que no tienen el mismo desarrollo que los acuerdos alcanzados en Guatemala y uno de ellos tiene que ver con la disminución de efectivos del ejército o la construcción de una policía de nuevo tipo. Esto tiene que ver con las realidades nacionales de Colombia y con los imperativos de la geopolítica, y pienso en este terreno, en las fronteras de Colombia y las diferencias que de manera objetiva existen con los regímenes políticos que existen en Venezuela, Ecuador o Brasil que son las fronteras naturales reales.


II


A partir de los planteamientos anteriores hay un mundo de posibilidades, en donde el tema de la dejación de las armas, con todo lo importante que es, pasa a ser de segundo plano. Existe además el marco de las posiciones de orden ideológico y todas las facetas políticas que se puedan identificar, pero hay un hecho que no puede ser soslayado. Con la firma de la paz en Colombia se está produciendo un hecho político de alcance estratégico que entraña un cambio de época en ese querido país. Me parece que ese hecho en la coyuntura mundial que existe debería contar con todo nuestro decidido apoyo.


Ese cambio de época que viene con el fin de la guerra y la firma de la paz, permite pensar en cambios políticos de una naturaleza que en su desenvolvimiento pueden dar lugar a nuevos procesos sociales al incorporar nuevos actores que si bien es cierto apoyaron de alguna forma las posiciones de la guerrilla o fueron víctimas de las oleadas represivas, ahora pueden jugar un rol diferente como acores de sus propios intereses.


No se trata de nada especulativo pues si algo ha sido históricamente motor de amplias movilizaciones sociales en nuestra América, han sido los procesos agrarios, del carácter que sean pero que signifiquen nuevas condiciones de vida para las masas campesinas. Sin duda el arquetipo de esas movilizaciones campesinas se encuentra en la revolución mexicana, y luego en Guatemala de la revolución democrática de los años 44-54 con el resultado que se conoce. Adelante fue Cuba en el marco de una revolución socialista. Antes fue Bolivia y luego en Perú, con los cambios agrarios impulsados por militares desarrollistas.


En suma, en todos los casos señalados con actores diversos hay resultados que no pueden dejar de ser considerados, con sus luces y sombras hay que decir. El campo se convirtió en un actor de primera línea. Esa es una gran oportunidad que tiene origen en los acuerdos de paz firmados en Colombia. Y esa es una de las grandes diferencias entre el proceso de paz colombiano y el guatemalteco. Si se habla de ello es porque, a pesar de todo lo que se diga, se trata de sociedades con un gran componente agrario en su realidad actual. En otro orden de ideas, los cambios en la vida de los grandes conglomerados campesinos constituyen, desde la perspectiva que se quiera, procesos de naturaleza revolucionaria o renovadora si se prefiere.


Queda un aspecto del debate que no está concluido: es el carácter de esos cambios. Son o no parte de un proceso democrático, socialista o reformista. Me parece que ese debate con lo importante, es por ahora secundario pues la sola idea de poder desencadenar en el campo colombiano una nueva fase con estas características es en sí mismo, un proceso de cambio que en la época actual va más allá de algunos postulados del amplio laboratorio teórico. En particular porque la insurgencia colombiana posee un proyecto y rumbo de alcance estratégico. Esas son herramientas que pueden potenciar de manera importante el acuerdo sobre el tema agrario. Aquí dependerá en mucho, la capacidad de la dirección política de la guerrillerada convertida en activistas políticos, de dotar de sentido estratégico al proceso.


En el tema de los avances logrados en el caso guatemalteco, hay uno que me parece capital: es el acuerdo que tiene que ver con los derechos de los pueblos indígenas, que es la mayoría de la población. A la fecha se estima que es el de menor cumplimiento en términos de lo concretado, aunque si se analiza desde la perspectiva del desenvolvimiento de los espacios que día con día ocupan los pueblos indígenas lo menos que se puede señalar es que los acuerdos abrieron una época para los pueblos indígenas guatemaltecos, pues se trata de la primera vez luego de la conquista y colonia en donde se habla de derechos para los pueblos originarios. Sin duda es un proceso fundacional y abierto que tiene carácter irreversible.


III


Otro de los temas es el de la justicia transicional. Quizás el dato más relevante s que la justicia transicional es una construcción moderna que ve la luz luego de los procesos que nos llevan de las guerras a la paz o de las dictaduras a las democracias y ello a nivel mundial. Es un conjunto de ideas, normas y procedimientos que solo han visto la luz después de las tragedias de la exyugoeslavia, el drama de Ruanda y los procesos negociados en países como Guatemala, África del Sur y otros, dentro de los cuales se pueden incluir los desarrollos ulteriores post derrumbe de los países del este.


En esta perspectiva se trata de los antecedentes de los que se ha beneficiado el proceso de construcción de la paz en Colombia. De cierta forma, se trata de las medidas compensatorias para las víctimas, las normas para los participantes en estos procesos de guerra y violaciones de los derechos humanos, y el castigo sin excusas a los delitos de lesa humanidad. En el caso guatemalteco un momento de severa crisis política incluso con polarización grave, ha sido el juicio por genocidio en contra del dictador Efraín Ríos Montt. Algo que está claramente previsto en la ley de reconciliación nacional, que no excluye los crímenes de lesa humanidad y genocidio. No obstante, apareció la defensa a ultranza de las posiciones mantenidas en la guerra por parte de sectores conservadores. Sin duda, los temas desarrollados en la justicia transicional son un conjunto de normas perfectibles pero que si crean condiciones para concluir procesos como el de las guerras que optan por la salida negociada, pactada.


No está demás advertir que en estos procesos de justicia transicional hay el riesgo de enfrentamientos ideológicos, se atrincheramientos políticos y toda suerte de debates que pueden ser mucho mas ríspidos que las discusiones en la mesa negociadora, y es bueno que se diga, con muchas cajas de resonancia en los medios de comunicación que no se reciclan al mismo ritmo que quienes combatieron durante muchos años. Es la experiencia que deja el análisis de los procesos de la posguerra.


Los derechos de las víctimas son sin duda uno de los ejes principales de la justicia transicional pues no queda la menor duda que uno de los sectores de población mas afectados es lo que se denomina como la población civil no combatiente, que sin estar de manera abierta de parte de una u otra fuerza, sufre los embates de la guerra. Es el caso de los desplazados por bombardeos, o de las personas que sufren por los combates de mayor o menor intensidad que tienen lugar en sus territorios o lugares de habitación. Y hay el gran tema y desafío que representa la reinserción social y productiva de los desplazados por la guerra, de los refugiados y exiliados así como de los combatientes. Es un proceso delicado con muchas dificultades pero que debe ser acometido. No es el fin simple de un conflicto armado, es la solución de las causas originarias y de los fenómenos creados en el proceso desencadenado.


Son temas que en su desarrollo hacen que delitos ligados a los procesos de guerras internas sean tratados con perspectiva política, humanitaria y de derechos humanos. Pensar en el todo o nada o vincular estas aristas de los conflictos armados a una ideología o a una postura política, podría dar como resultado el fracaso del proceso que concluye de manera negociada. En estos procesos hay otra perspectiva que no puede perderse de vista y es el de modificar las causas que le han dado origen a la guerra. Seria a toda luz impensable la conclusión de un proceso negociador sin tener esta idea central como perspectiva. Esta variable solo se produce en casos de derrotas totales nunca en procesos con salida negociada.


IV


La transición política es quizás el tema más delicado de la época de la posguerra, pues si se alcanza una buena implementación de los acuerdos y de todo lo relacionado con la justicia transicional, el proceso de pasar de la guerra a la política, de la guerra a la paz, comporta siempre múltiples riesgos y desafíos pues no es un proceso que pueda ser cumplido como otros acuerdos. A título de ejemplo, legalizar las tierras y dotarlas de seguridad jurídica no es algo que pueda ser equiparado al cambio de mentalidad que debe operarse en los combatientes, o en la gente que observa el fin la de la guerra y la conversión de los guerrilleros en políticos.


En el caso guatemalteco uno de los temas más difíciles fue el convertir a las viejas organizaciones guerrilleras en un proyecto político, que fuera más allá del cumplimiento de los compromisos de la paz. Incluso se puede afirmar que este cumplimiento y los retrasos en los calendarios establecidos, así como en las dificultades para dar cabal cumplimiento a los acuerdos que a 20 años siguen sin ser honrados, tienen en la mala transición política su más grande explicación. No es fácil convertir estructuras militares en proyectos políticos del día a día. De la misma forma que convertir a un combatiente con años de montaña o clandestinidad en un activista para las campañas políticas luego de los acuerdos alcanzados en la mesa. Es entonces en donde debe salir a la luz del día la naturaleza de los revolucionarios.


En otra perspectiva, la guerra si algo genera en las filas de combatientes es la certeza de un adversario o enemigo, claro, identificable. La represión unifica aun si no siempre es así, pero en la lucha política, el enemigo o adversario se difumina, los objetivos no son siempre los mismos y los errores cometidos no son algo que pueda permanecer en ese marco enorme del conflicto en donde no existen responsables visibles. Salvo que se hable del gobierno, de la oligarquía, del imperialismo. Pero en la lucha política como la que tendrá lugar en Colombia de la construcción de la paz, todos los actores son visibles o su peso se expresa por vías privadas que finalmente son visibles. Es ahora la lucha y el combate en otro terreno, a veces desconocido y ello es parte de los nuevos riesgos.


Con todo, es ahora a veinte años de la firma de la paz en Guatemala cuando aparece por diversas vías la idea que los compromisos de la negociación son necesarios para el país, y que acaso constituyen el único pacto de país planteado desde lo que se considera el proceso democrático guatemalteco. Es una constatación que puede ser tardía y ello solo nos indica que los tiempos políticos son irrepetibles, salvo que nuestros esfuerzos se ubiquen es espacios marginales. Por supuesto que esto habla del nivel político pues en términos estructurales en el ámbito económico-social hay estancamiento, incluso retrocesos.


Distinto es el desarrollo de la postguerra en El Salvador. Se puede señalar los pocos avances en materia social o económica pero no se puede dejar de observar un hecho político que a la fecha sigue sin ser asimilado en toda su dimensión: en términos políticos la sociedad salvadoreña sigue en una especie de empate. Hay bipartidismo, y el mismo determina el comportamiento de la sociedad en general. Es un rasgo que no puede ser modificado a voluntad ni se puede modificar invocando las ideas teóricas de cualquier corriente política. Son los hechos que están diciendo que la realidad salvadoreña tiene esas características y con ellas hay que trabajar.


Diría a manera de conclusión, que en los procesos señalados, la transición política ha dado lugar a fenómenos distintos en realidades diferentes. Y en uno y otro, la salida política ha demostrado ser válida luego de más de veinte años de transitar por ella, y ello aun con todas las limitaciones conocidas. Las sociedades respectivas así lo indican. No es en ninguno de los casos, procesos que puedan ser caracterizados como revoluciones ni mucho menos, antes bien se trata de procesos de reformas del más diverso calado inscritas en el marco de eso que denominamos democracia a lo occidental. Es claro que por los cambios ocurridos en los últimos tiempos permiten ver con optimismo el rumbo que por ahora se vislumbra en el proceso que se inicia en Colombia.


Finalmente he afirmado que el plebiscito para ratificar los acuerdos se produce en los mejores tiempos políticos y con una clara vocación por la paz y la sanción de los compromisos. En ello la experiencia guatemalteca es de tomar muy en cuenta. Tiene lugar una consulta popular para intentar la ratificación de unas 50 reformas constitucionales y no para ratificar los acuerdos de paz alcanzados. Por ello el resultado adverso, en un momento a casi tres años de la firma, en que ya habían aparecido, aun si como embriones, todos los aspectos no totalmente aclarados en las negociaciones, los aspectos de sombra y las limitaciones y ese resultado fue determinante para ponerle freno al proceso de paz en su conjunto. Aunque como se señala líneas arriba, es ahora a veinte años que crece la idea que la mejor oportunidad para tener un mejor país tenía en la firma de la paz su mejor acuerdo nacional y mejor posibilidad.


Quizás haga falta tener presente un tema que no es para nada menor. Si durante la negociación por la paz y el fin de la guerra el apoyo de la comunidad internacional es efectivo, en la construcción del nuevo proceso deja mucho que desear, al menos en la experiencia guatemalteca. Ello es un proceso de partida doble. La finalización de la guerra es mucho más urgente que la construcción democrática. La firma de la paz es más relevante que la culminación de los compromisos adquiridos y respaldados. Es por ello un aspecto a no perder de vista.


En el caso colombiano, con todas las precauciones que es necesario tener en mente, creo que se ha escogido por las partes el mejor momento para la ratificación de los compromisos de la paz por la vía del plebiscito. El futuro no está garantizado ni tiene seguro adquirido. Es un tiempo de nuevas jornadas de lucha con la más amplia participación social. Es ahora el tiempo de la sociedad colombiana para la construcción de esa paz estable y duradera, así como un mejor país. De todo corazón, muchos éxitos.


Guatemala, 17.9.2016