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Los Ojos de la Mosca

“…como si dijéramos, dos veces…”

 

Por: Isabel Fonseca

 

El acontecer político venezolano parece un continuo Déjá Vu. Es como sí esa frase de Hegel que Karl Marx cita en el primer párrafo de su “Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, sobre la aparición de grandes hechos y personajes de la historia “como si dijéramos, dos veces”, estuviese reeditándose, cual maldición, sobre los hombros del momento. Claro, con la connotación que Marx revela en ese texto: “una como tragedia y la otra como farsa”.

Una farsa, sí, ese es el género donde se inscriben esos Déjá Vu característicos del escenario político venezolano que no termina de recorrer un “círculo vicioso” de interpretaciones, personajes, argumentos y maniobras que monopolizan la mediática y atrapan, tanto el pensamiento como el accionar de quienes, aún, se identifican como “izquierda”.

Sobre esto nos alumbra Marx, quien a pesar del escozor que causa en la actual generación de “izquierdas” y “progresismo”, está más vigente que nunca. En su “Dieciocho Brumario”, nos dejó dicho:

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y, cuando estos aparentan dedicarse, precisamente, a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria, es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestado sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con ese disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Vivimos una época como la que alude Marx: de crisis revolucionaria que busca resolverse invocando espíritus del pasado, no como nexo causal, sino como artificio para abstraerse del presente. En ese juego cayó la “izquierda” mundial, por eso se quedó atrás; los hechos saltan por sobre sus espaldas, para su sorpresa. Y, aferrarse al pasado resulta útil, al menos, para sobrevivir, aunque sea vampiresamente: huyendo de la luz, evitando el espejo, caminando entre sombras.

Por esa vía, llegamos en Venezuela a una Asamblea Constituyente que no tiene ni carácter asambleario, ni mucho menos Constituyente. Su convocatoria y elección exitosa -en términos coyunturales electoreros- se montó sobre la invocación del inconsciente colectivo, detonando una conexión histórica, una reminiscencia positiva: el inicio del proceso de cambios favorables para la masa, enmarcados en la Revolución Bolivariana; hechos ligados directamente con la Asamblea Constituyente convocada por Hugo Chávez en 1999.

La Constituyente del 99, la de Chávez, sería la tragedia, al decir de Marx. Un proceso que, conservando la estructura del sistema y los paradigmas centrales de la ideología burguesa, supo generar una institucionalidad que resolvió problemas concretos del común, alimentó anhelos masivos y esperanzas colectivas; volviendo, a su vez, sobre un pasado remoto: la Gesta Independentista Bolivariana, de donde tomó prestados “sus nombres, sus consignas de guerra…” .

Como toda tragedia, su resolución implicó la condena de personajes centrales: el movimiento social y la dirección colectiva fueron inmolados sobre el tablado institucional con un argumento bien narrado: la importancia trascendental del liderazgo individual, la era de las revoluciones pacíficas y la transición al Socialismo.

Ahora, este Déjá Vú del 99, la Constituyente de Maduro, la “farsa”, de acuerdo al Dieciocho Brumario, no tiene sujeto histórico capaz de crear una nueva institucionalidad que aporte transformaciones para resolver problemas concretos del común. No lo tiene, porque fue sacrificado en el tablado de la tragedia montada en el 99: el movimiento social y la dirección colectiva son sólo fantasmas que se invocan para mostrar fuerza cuando es necesario.

Aunque, esta Constituyente se mantiene alimentando ilusiones colectivas y esperanzas masivas, conjurando espíritus del pasado, lo que hasta ahora perfila es la intención de legitimar acuerdos, ya erigidos de hecho, con los factores del poder real reconocido por el statu quo “bolivariano”: los dueños y gerentes del capital transnacional; aquellos enemigos a quienes juraron combatir; paradójicamente, quienes más felicidad han acumulado con el desarrollo de la Revolución Bolivariana.

Si algo ha de cambiar, irá en dirección opuesta a la que siguió el efecto Constituyente del 99. Nada que legitime al mundo del trabajo, es decir al proletariado, que sigue ahí, a pesar de su negación conceptual de moda, será aprobado. Nada que implique romper la cadena de desigualdades y discriminaciones históricas será tocado: el patriarcado, la heteronorma, el racismo, el patriotismo burgués, la xenofobia, el control de los medios productivos, los patrones de producción y consumo capitalistas, seguirán en pie. Tal vez, se salvará el Gobierno, pero la prometida construcción del Socialismo, la tan mentada “transición”, ya tiene un féretro comprado, con cremación incluida.

¿Por cuánto tiempo se puede repetir un montaje? Por experiencia propia, sé que toda puesta en escena es un nuevo comienzo, obliga a cambiar elementos, intangibles, incluso. Pero, no existen dos puestas en escena iguales, el movimiento jamás se describe en formas idénticas, la narrativa se mella, los argumentos terminan siendo tan evidentes que dejan de ser necesarios; y los personajes están encarnados por humanos que los redescubren con cada interpretación.

La lucha de clases, donde estamos inscritos, se acepte o no, tampoco se puede limitar a un escenario, coartar dentro de un guión, ni interpretar con los mismos actores. No se puede creer que estamos ante grandes hechos y personajes de la historia que se repiten “como si dijéramos, dos veces”. Otros hechos deben subir al escenario, otros personajes reclaman protagonismo. Es insostenible la “farsa”. Se requiere una nueva “tragedia”. ¿Quién la va a escribir?

¡Hasta la próxima!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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