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Por: Joaquín Rondón 

 

A las seis de la tarde, quienes acostumbramos poner gasolina en largas colas, ante el repentino apagón, comenzamos a pensar si esperar que volviera la electricidad, como ocurre en un país bajo constante saboteo, o volver al día siguiente, temprano, cuando ya todo se normalice. La cola para el combustible quedó reducida a quienes confiaban salir de noche con el tanque lleno. De regreso a casa sólo dos emisoras seguían al aire y las líneas telefónicas quedaron sin señal. En la urbanización se especulaba sobre una falla de alto impacto que dejó el ochenta por ciento del país a oscuras y los trabajos para reponerla tardarían de tres a cinco días. Ninguna información es confiable en medio de una guerra mediática, sin embargo el optimismo de los milicianos era objetivo: “sabotearon el Guri y en tres días volverá la electricidad”, de modo que la primera noche transcurrió entre quejas, críticas al gobierno y esfuerzos por conciliar el sueño en el intenso calor del verano y los persistentes zancudos.

 

Al día siguiente la cotidianidad se trastocó con una realidad inminente: sin electricidad las estaciones de servicio no surtirían combustible, el bombeo de agua colapsaría y los alimentos refrigerados se dañarían. Con poca información debido a la indiferencia de las emisoras al aire, la gente se aferró al único reporte gubernamental que se difundió temprano: el saboteo al complejo hidroeléctrico se estaba atendiendo; la contingencia duraría 72 horas y los equipos de seguridad y emergencia están desplegados, especialmente para atender los hospitales y la distribución de agua potable. Sin necesidad de anuncios oficiales, los carnavales se prolongaron un fin de semana más y el Río Santo Domingo se colmó de gente preparando hervidos y toda clase de comelonas colectivas. Desde todos los puntos ribereños las familias cargaron agua, leña, costillas, verduras y los niños se mojaban alegremente. El comerció se alteró: el hielo se cotizó de inmediato y los carniceros, que tanto acaparan y especulan, remataron la proteína que se decía escasa. De las neveras y refrigeradores en crisis brotaban pescados, carnes y pollos beneficiados para compartir en el vecindario, mientras los más alegres ponían música llanera a todo volumen en sus vehículos, ante el desacierto de las dos emisoras que parecían transmitir desde Neverland.

 

Excepto por un puñado de amargados que celebraron las calamidades de la gente sin electricidad ni agua, el pueblo se volvió un inmenso reencuentro familiar; los vecinos se reconciliaron en el esfuerzo colectivo de apoyarse para cocinar, procurar el agua, preservar las insulinas, divertir a los pequeños y hasta preparar tiendas de campaña las ardientes noches. Espontáneamente volvieron las lámparas de gasoil, los bingos vecinales y los largos cuentos familiares antes de dormir, animados por la seguridad de las constantes patrullas que recorrieron la ciudad. Sin conexión telefónica, el trato con el familiar más cercano; el vecino, el conocido en la cola, tejió una comunicación más personal y fraterna, mientras los nostálgicos, con mejores condiciones para la oración, sintieron más cerca a sus seres queridos en el apacible silencio. Incluso las lámparas de mechurrio impusieron más cenizas en las frentes fatigadas que los, indiferentes, curas. Las dificultades fraternizaron más gente que las iglesias y el apagón hizo el milagro de multiplicar los panes y los peces.

 

Al cabo de 72 horas se oyó una tercera emisora que retomó transmisiones con Bella Ciao y El Cubiro. La electricidad y el agua estaban llegando y la gente recogía sus tiendas para volver a la comodidad de los cuartos con aire acondicionado y televisores. Sólo los niños seguían con planes de contingencia y quedaban con el sabor de esas horas de historias familiares bajo un techo de hermosas estrellas.



Joaquín Rondón – Profesor de la Unellez
@MUSICAREBELDE965

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