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Por: Isabel Fonseca, Columna Los Ojos de la Mosca

“Sembré un rosal, trepanando los muros;
Sembré un rosal, perfumando el cemento;
Sembré un rosal, coloreando la piedra.
Creció el rosal, y los muros hablaron;
Abrió el rosal, y los muros gritaron;
Marchitó el rosal, y los muros sonrieron;
Desapareció el rosal, y los muros silenciaron.
No importa, ellos hablaron;
No importa, ellos gritaron;
No importa, ellos sonrieron;
No importa, el rosal siempre fue un rosal
Y los muros dejaron de ser muros”.
Valenibri

En uno de mis escapes al viejo mundo de la biblioteca escondida que atesoro, saltó sobre mis ojos este poema. Ya lo conocía, ya lo había olvidado, también. Reposaba bajo muchos otros extravíos, esos desafectos que a veces terminamos profesando a lo que pudo ser y no fue.


Y tal como todos los despechos, que uno cree superados hasta que emboscan de nuevo en cualquier recodo del tiempo, el poema de Valenibri me desencajonó esa concavidad que guardan los senos y apresa la espalda. Me envolvió esa desazón que pone a girar el pensar sobre el camino andado, los triunfos, las derrotas, el pasado, el presente, el futuro, la revolución…

¿Desde cuándo no trepanamos el muro?, ¿Seguimos siendo el rosal?
El Capitalismo está en decadencia, Estados Unidos ha perdido espacios, la Otan no ha podido tumbar al Gobierno de Siria, el Hezbolá ha propinado golpes fuertes al sionismo, los palestinos siguen sobreviviendo, el mundo ya no es unipolar, ahora China es una potencia, Rusia tiene el misil nuclear más poderoso del mundo, Norcorea reta con espasmo a EE.UU., los pueblos de América Latina están movilizados, Cuba sigue siendo soberana, en Venezuela continúa gobernando Maduro, en Colombia los guerrilleros harán política sin armas, en Nicaragua el FSLN arrasa electoralmente, en Salvador gobierna el FMLN… y, así, sucesivamente, se me vienen a la mente cientos de argumentos que dan cuenta de la inevitable caída del imperio yanqui y del innegable agotamiento del sistema.

Entonces, un suspiro alienta el fervor y concluyo: las luchas no han sido en vano. Es más, existe lucha en todos los espacios del planeta; eso ya es mucho.
Sin embargo, vuelve el poema: ¿Trepanamos el muro?, ¿Seguimos siendo el rosal?

¡No, claro que no! Con todas las batallas en pie, con toda la decadencia imperial, con todo y multipolaridad, el capital sigue ahí, elevado a la enésima potencia de lo real.
¿Dónde está el Socialismo, más allá de las eufemísticas proclamaciones que algunos gobiernos hacen de él?

En las cumbres de nuestro imaginario, en los desgastados programas de los partidos de izquierda, en las intuiciones del genial Marx, en la férrea convicción de Lenin, en la raigambre forzosa de Stalin, en el filosofar de Mao, en el sacrificio de Rosa Luxemburgo, en la cárcel con Gramsci, en la Cuba de los barbudos, en la memoria del Che, en el himno de las Farc, en la voz de Chávez aquel 2005, durante el Foro Social Mundial de Porto Alegre…en millones de espacios intangibles, ahí está el Socialismo.
No hemos trepanado el muro, el pensamiento burgués domina y se encumbra; la práctica sigue la lógica del capital.
Aún seguimos siendo el rosal, pero se nos pusieron romas las espinas y se nos destiñeron los pétalos. Andamos descarriados del camino certero: “Proletarios del mundo, uníos”. Nuestras luchas están dispersas, sectorizadas, cargadas de dogmas y prejuicios; untadas de chovinismo, machismo, eclecticismo; y picadas por el figuracionismo y el individualismo.

Ya las escuelas de formación militante son escasas, la disciplina organizativa es pan para hoy y hambre de mañana, la estrategia se desvanece en la táctica, la compartimentación termina en whatsapp, no volvimos a pensar en el poder para “hacer añicos al sistema”, nos acercamos a él y terminamos reproduciendo su mecánica.
El sistema está seriamente afectado en lo estructural, parece un edificio carcomido en sus bases, con múltiples filtraciones, hediondo a carne putrefacta, lleno de asqueroso moho en sus paredes, donde sus habitantes no se mudan, sino que lo reparan y adornan.

¿Cómo trepanar el muro? ¿Cómo arrancarle un grito? ¿Cómo lograr que pierda su esencia, que deje de ser muro? ¿De qué forma continuar siendo el rosal? Necesitamos redimir las espinas para vivificar los pétalos. Aunque, eso no tiene fórmula, hay una luz infinita sobre el horizonte que señala caminos: el descarte de la negación, la aceptación de la fortaleza del enemigo, la confianza en nuestras propias fuerzas, la reconciliación con la teoría, la obligatoriedad del estudio, la ruptura con la hipnosis mediática , el retorno a formas básicas de comunicación, el ensayo así sea erróneo, la reivindicación del heroísmo, la educación en el ejemplo, el reconocimiento de lo colectivo como necesario y el empeño por no perder nuestra identidad de clase, por encima de las fronteras nacionales. Es posible trepanar el muro, pero hay que sentirnos rosal.

¡Hasta la próxima!

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