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Por: Isabel Fonseca

Vivimos tiempos de dictadura, aunque este término está proscrito en el lenguaje masivo, gracias a la engañosa percepción de libertad que el sistema ha logrado instalar en la clase trabajadora, es decir: en la mayoría de la población.

La tiranía de este Siglo XXI es vampiresca: no puede verse al espejo, no tiene existencia carnal; vaga por las sombras, conspira en espacios que la imaginación no concibe, y desde allí caza, succiona la materia vital de sus víctimas naturales: el pensamiento.

La dictadura del Siglo XXI exhibe autómatas, millones de subordinados que obedecen a objetos como el celular; cuesta encontrar a una persona que sepa la tabla de multiplicar, el orden de los planetas o tenga memorizado el número telefónico de otra; ni los amantes clandestinos se salvan de la dependencia digital, ahora se descubren infidelidades por obra y gracia del Facebook o del Whatsaap (porque la intuición, el olfato de Fermina Daza está desactualizado), y aunque la monogamia es una farsa consensuada a vos populis, la opresión del sistema obliga a creérsela y a sufrir por ella cuando se descubre que el instinto ha hecho carne en el punalúa que habita en nuestro inconsciente colectivo.

¡Ay, el inconsciente colectivo! ¡Pobre! cada vez más seducido por la vampiresca tiranía del sistema que ha logrado posicionar a niveles superiores (en el Trending Topic, según el lenguaje de moda) al ser individualista; al espíritu del Capitalismo.

¡Ay, el inconsciente colectivo! Han disparado contra él todos los detonantes de su pasado mitológico: Dios y el Diablo vuelven a esta era; el destino, la culpa, la posibilidad del cielo y el infierno, la visión de la humanidad como un todo, están en el Trending Topic del discurso implícito masivo, y del explícito selectivo, también.

Por eso, para quienes la vampiresca aún no ha logrado succionar su materia vital, resulta extraño el discurso de la izquierda mundial en el Siglo XXI, tanto en lo que expresa, como en lo que excluye, porque no hace más que conceder, justificar, mantener, la estructura de valores propios de la lógica del capital, tan ajenos y contrarios al filosofar que debe acompañar a quienes dicen ser su contradicción, a quienes pregonan el Socialismo y más: el Comunismo.

-¡Ah, es que eso es táctica!, dicen quienes resultan cuestionados en su posicionado discurso. Además, “eso del lenguaje no importa mucho, lo que importa es lo que estamos construyendo”, alegan otros.

Sin embargo, cabe preguntarse si ¿la táctica puede contradecir a la estrategia?, o si ¿El lenguaje no tiene relación con la acción?

Al respecto, hay un proscrito de otros tiempos que puede contestar: Michel Foucault, en una argumentación conocida como “El orden del discurso”, afirma que:

“El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso —el psicoanálisis nos lo ha mostrado— no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también lo que es el objeto del deseo; y ya que —esto la historia no cesa de enseñárnoslo— el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”.

De acuerdo con Foucault, yo, entonces, no creo que la táctica pueda ser ajena a la estrategia; y que el discurso carezca de gran importancia. El discurso está relacionado con el poder, tanto con quien lo ejerce, como con quien lo disputa.

Desde esta óptica, la izquierda del Siglo XXI no pareciera querer disputar el poder, pues su discurso viene cooptando, esencialmente, el del sistema. Ejemplos hay muchos: en la mediática que se reclama revolucionaria en Europa, Asia y África, es normal encontrar que los vascos sean catalogados como “separatistas”, en lugar de “independentistas”; los terroristas del Daesh son llamados “combatientes”, en lugar de “mercenarios”; el pueblo saharaui dejó de existir cuando entregó las armas, aunque el Acuerdo de Paz no les quitó el sufrimiento; y China sigue siendo “comunista”, aunque explota en condiciones de esclavitud a su propio pueblo, y es un compulsivo comprador de materia prima a países del llamado Tercer Mundo, a pesar de que eso implique desforestar al planeta.

Sin ir muy lejos: en Colombia, el movimiento insurgente ahora se encomienda a “Dios y a Marulanda”, y pide que “La paz sea con todos”, al mejor estilo del sacramento eucarístico (no obstante, en sus principios, se declara Marxista-Leninista). También, acogió la expresión “clase política” y ha empezado a obviar el enunciado “clase dominante”, como si la existencia del Acuerdo de Paz, de por sí, hubiese cambiado la condición de su contradictor: “la clase dominante”.

En Venezuela…aquí hay mucha tela que cortar: existen “precios justos”, aunque los precios son el último escalón de la injusta explotación capitalista; también hay “Guerra Económica”, pero no existe “corrupción gubernamental”, aunque esta sea la puerta por donde pasa la “Guerra Económica”; se condena al chovinismo del Vicepresidente de Colombia, a nombre del Bolivarianismo; a pesar de haber escrito como propio el cierre del libre tránsito del pueblo bolivariano que habita la frontera colombo-venezolana, a nombre de la Revolución Bolivariana. Asimismo, se le llama “factor productivo” al empresariado importador-explotador, cuando estos cualquier cosa hacen, menos producir; quien produce es el “proletariado”, pero este término también está desterrado y sólo existe “el pueblo”. Del mismo modo, se presenta como polarización al conflicto entre Gobierno y oposición, omitiendo la lucha de clases que lo atraviesa, y se declara a Venezuela como Socialista, cuando la producción, distribución y comercialización está en manos, fundamentalmente, del sector privado. Pero… hay más: se crea un Ministerio de Minería Ecológica, como sí eso pudiera existir; ni Mandrake El Mago podría lograr que la minería protegiera al planeta. Sería como soñar con un pedófilo protegiendo la virginidad infantil…

Vámonos a Cuba, - ¡Ay, la Cuba de nuestros amores!-, en la isla, ante medios internacionales, se le oyó decir al máximo dirigente de la nación, Raúl Castro, que Obama era un hombre honesto; aunque se fue sin clausurar Guantánamo y dejando intacto el bloqueo, con un Nobel de Paz en honor a todas las muertes que auspició en Libia, Siria, Yemen y todo el mundo, justificadas en mentiras y manipulaciones de diverso tipo.

Finalizando con este desahogo escritural, pienso que corresponde asumir las contradicciones entre la causa que se abandera y el discurso que se utiliza, tal como se asumen las contradicciones entre la estrategia y la táctica: no se pueden obviar, se deben enfrentar, es necesario superarlas; porque cada vez que el discurso niega o reconoce al sistema, una bandera se arrasa y… la historia llora.

¡Hasta la próxima!






 

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