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Por: Víctor Méndez Arteaga

Las razones que dieron origen al conflicto armado que azotó a el territorio colombiano por más de cinco décadas, se mantienen vivas, aún después de la firma del acuerdo de paz que pone fin al conflicto armado y que debería  aperturar el proceso de participación política y democrática  en la vida ciudadana de los combatientes de la Farc-Ep ; la lucha por la justicia social se mantiene, ahora en el plano político, pero con la misma vehemencia patriótica y los niveles de conciencia social que elevan la moral y fortalecen los sueños libertarios, ya no solo de los combatientes guerrilleros, sino del pueblo mismo que a través de sus organizaciones  populares canalizan sus luchas reivindicativas a objeto de lograr  impulsar una nueva Colombia que deje a tras el modelo excluyente que mantiene al pueblo colombiano sumergido en la pobreza y en la desigualdad social.

Esta situación de pobreza y desigualdad social, constituye un alto contraste con lo que pretende  proyectar el centro de poder colombiano, que haciendo uso del monopolio comunicacional, mantienen el manejo de una realidad virtual que  manipula la verdad  y altera la percepción de los ciudadanos, para ello han utilizado con sarcasmo, descaro y  cinismo ilimitado las penurias que sufre el pueblo y las desviaciones de una sociedad corrompida y amoral, para  cultivar los antivalores en los cuales se sostiene la oligarquía.

Muestra de esto lo constituye la industria de la comunicación y el entretenimiento,  que asociados con capitales transnacionales  han explotado, comercialmente, los hechos más asquerosos de un modelo putrefacto que contamina a las nuevas generaciones.

Las series y novelas televisivas han constituido un vivo ejemplo de lo aseverado, productos como: El cartel de los sapos, El capo, Sin tetas no hay paraíso, Las chicas de la mafia, El ventilador y muchas otras, convirtieron  a los capos, traquetos, sicarios, chicas pre pago, políticos corruptos, militares asesinos, y sobretodo a paramilitares, en héroes y ejemplos a seguir. Todo enmarcado en el concepto de la felicidad colombiana, en eso que se vende en el exterior como el país más feliz  del mundo y que mantiene a los ciudadanos fuera de la realidad y al margen de la participación política; a través  de aspectos tradicionales y folklóricos se ha pretendido mediatizar al pueblo, manipulando de tal manera las costumbres e idiosincrasia de las regiones a fin de sumergir en la superficialidad y la levedad toxica al pueblo en general.

¿Como se explica la felicidad de un pueblo donde más del 20% de su población se encuentra diseminada por el mundo, y que solo en Venezuela se encuentran radicado más de cinco millones de personas? Es evidente que el éxodo de estos ciudadanos guarda relación con la desigualdad social, la falta de oportunidades y equidad, con la ausencia de justicia social.

La calidad de vida de la mayoría abrumadora del pueblo se ve afectada de manera significativa en los sectores populares, desde los barrios urbanos, zonas campesinas y poblados rurales, hasta las regiones costeras del Pacifico y del Atlántico, e inclusive ciudades como Barranquilla y Cartagena presentan tal deficiencia en los servicios públicos que cualquier aguacero genera muerte y desolación por la falta de planificación y ausencia de políticas publicas.

Es decir, la realidad refleja que la felicidad tan cacareada por los medios no se corresponde con la verdad, y que el supuesto desarrollo de ciudades como Medellín corresponden a iniciativas interesadas de particulares cuya inversión proviene de la legitimación de capitales relacionados con el narcotráfico y negocios ilícitos, sin tomar en consideración la situación de la población que se ve afectada por los servicios privatizados, de altos costos y de baja calidad, así como del  accionar indiscriminado de la delincuencia organizada que extorsiona e intimida a la población.

En los últimos días la opinión pública ha sido tocada por un conjunto de protestas de grandes proporciones en zonas de Colombia; la primera  de ella corresponde al paro nacional declarado por el magisterio colombiano, una acción que paralizó totalmente la educación pública debido al incumplimiento  del gobierno de Juan Manuel Santos con el magisterio que decidió asumir el conflicto laboral ante los engaños sistemáticos y reiterados del gobierno.

El paro cívico decretado por el pueblo del Chocó es el resultado de la frustración generada por la indiferencia e indolencia de un gobierno clasista, racista y excluyente que aborrece al pueblo y no atiende su problemática. Una población que carece de infraestructura sanitaria, sin agua potable, sin instalaciones adecuadas de salud, entre otros muchos problemas, solo recibió represión y persecución.  El caso de Buenaventura determina la malévola visión que maneja el gobierno oligarca, ante las exigencias de reivindicaciones el pueblo recibe ataques paramilitares, represión  desmedida del  Esmad y el ejército, además de toque de queda  y suspensión de garantías.  En la Guajira la población ha solicitado al gobierno el detener las muertes de niños que perecen por hambre y desnutrición, solicitan políticas públicas para atender esta grave situación de crisis humanitaria, pero esto se obvia y las muertes continúan.

Por otro lado, sectores campesinos han manifestado por los ataques y atropellos realizados por el ejército que los persigue y  acosa ante la irresponsable posición del gobierno en torno a los cultivos controlados.

Estos casos revelan que nos es verdad lo que el monopolio comunicacional proyecta de Colombia, que estos instrumentos de la mentira le ocultan la realidad a la población, mientras cultivan la xenofobia y el odio contra Venezuela en procura de crear  las condiciones para acompañar a los Estados Unidos en una agresión bélica, algo que el narcotraficante y asesino Álvaro Uribe promueve en todos los espacios comunes a los gringos.

 

Constituyente somos todos

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