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Por: Narciso Isa Conde


El presidente colombiano Manuel Santos se autodefinió como el enemigo más implacable de las FARC-EP a lo largo de la desgarradora guerra escenificada por su Estado terrorista contra una insurgencia revolucionaria, y no resistió la tentación de exhibir sus ímpetus devastadores en el mismo acto de “paz” en Cartagena.


Nunca se le ocurrió pedir perdón, más bien dejó que su adversario, quien no debió avergonzarse de la rebeldía armada de las FARC y sus consecuencias, lo hiciera en solitario; dándose su gobierno el lujo de terminar ese acto con un meta-mensaje de alta violencia, expresado en el espantoso estallido de turbinas de los superbombarderos israelíes que sobrevolaron por la cabeza de Timochenko; mientras el Fiscal General ha anunciado criminalizar a partir de hoy a esa organización político-militar por los bienes acumulados durante medio siglo de heroísmo y sacrificio, y mientras se recrudecen las represiones, incluidos asesinatos, contra los movimientos sociales en lucha.


El origen de la larga guerra que hoy provoca los hipócritas lamentos de su clase dominante-gobernante colombiana se remonta al asesinato de Gaitán en 1948 y a las subsiguientes matanzas que provocaron más de 300 mil muertos.


Su horroroso despliegue durante seis décadas generó una diversa y valiente insurgencia popular (Marquetalia, FARC, ELN, EPL, Quintín Lame…), enfrentadas con niveles grotescos de terrorismo de Estado, expandiendo el paramilitarismo, desarrollando unas monstruosas Fuerzas Armadas tuteladas por EEUU e Israel, estableciendo 7 bases militares y una maquinaria de de guerra dotada de alta tecnología; desplegando concomitantemente un guerra de mediana intensidad en el marco de la estrategia imperialista en la AMAZONÍA y el Continental…, y potenciando las políticas neoliberales.


Ese Estado militarizado y re-colonizado -usado por EEUU para sus planes de dominación y control en la vecindad de Colombia (con especial énfasis en Venezuela, Ecuador, Honduras y Dominicana)- ha quedado intacto en sus esencias represivas y criminales después de ese “Acuerdo de Paz”.


Ni hablar el sistema jurídico-político y constitucional establecido, las estructuras capitalistas dependientes y el modelo neoliberal que rige sus políticas públicas y su dominio ideológico. Santos bloqueó una refundación estatal y una democratización significativa a través de una ASAMBLEA CONSTITUYENTE POPULAR Y PARTICIPATIVA e impidió todo compromiso sobre recuperación de la soberanía, retirada de bases militares estadounidense y anulación de los convenios que actualmente anulan la autodeterminación de Colombia.


Así las garantías de paz tienden a esfumarse y el desarme y la legalización de la insurgencia adquieren connotación de trampa, independientemente de los buenos deseos de los/as ingenuos.

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