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Por: Anisley Torres Santesteban

A Simón Trinidad lo conocí a través de una figura de cartón a tamaño natural que la delegación de las FARC a los diálogos de paz en La Habana exhibía con frecuencia para recordar que el guerrillero era uno de los plenipotenciarios designados para negociar con el gobierno la salida diplomática a la guerra y que, por tanto, debía ser liberado de la cárcel de máxima seguridad donde se encontraba recluido en el estado norteamericano de Colorado. Su nombramiento no era un capricho, se basaba en la experiencia de este hombre en la búsqueda de la paz, pues había sido uno de los actores principales en las conversaciones anteriores, que tuvieron lugar en San Vicente del Caguán.

La expresión risueña y confiada, la seguridad que transmitía con sus brazos cruzados en la imagen que algunos llegaron a confundir en cierta ocasión con un ser humano real, contrastan con las condiciones actuales que vive el insurgente. Sus compañeros consideran que está sepultado vivo por las circunstancias infrahumanas de su reclusión.

Apresado en Ecuador en 2004, deportado posteriormente a Colombia donde enfrentó varios cargos, y finalmente extraditado a Estados Unidos, Juvenal Ovidio Ricardo Palmera Pineda, verdadero nombre de Trinidad, fue condenado a sesenta años de prisión —la máxima pena posible para el caso— por su presunta participación en el secuestro de tres ciudadanos estadounidenses, o para ser más exactos, contratistas de agencias de inteligencia que perseguían información de las FARC en la selva colombiana. Para condenarlo fue necesario realizar dos juicios, pues el primero fue anulado por falta de consenso entre los miembros del jurado y aun así, en el segundo, tampoco lograron probar su participación directa en el secuestro y lo culparon de conspiración para cometer ese delito. Hubo otras imputaciones relacionadas con el tráfico de drogas y el terrorismo que no pudieron ser demostradas.

Desde entonces, ha pasado más de una década en confinamiento absoluto, en una fría celda bajo tierra, con derecho solamente a una hora de sol al día. Hasta hace poco tiempo, le prohibían leer y escuchar la radio. El contacto humano se resumía a escasas visitas de familiares cercanos y unos pocos minutos para llamadas telefónicas al mes. Una situación que en la actualidad no es muy diferente, pues carece de atención médica especializada.

La foto que lo representaba en la mesa de diálogos de paz comenzó a humanizarse para mí cuando el periodista colombiano Jorge Enrique Botero, colega devenido amigo de tantas madrugadas en la cobertura del proceso, me contara la historia que luego diera vida a su libro: Simón Trinidad, el hombre de hierro. Fue entonces que pasó de cartón a hombre y luego a metal. Porque solo así puede entenderse que una persona nacida y criada entre la clase pudiente bogotana, universitario, banquero y profesor, cambiara bienestar por vida en campaña. Es cierto que lo intentó por la vía pacífica antes de tomar las armas, pero fue testigo del extermino de la fuerza política en la que militaba, Unión Patriótica, y optó por la rebelión.

Ha pesado sobre sus espaldas desde ese momento la misma carga de odios y estigmas que sufren sus hermanos de causa. Ha vivido por ello el encierro y la privación de sus derechos elementales, y cuando pensaba que no podía ser peor, sufrió el dolor de perder a dos de sus seres más queridos: su compañera de lucha, «la bellísima Lucero», —como él le llamara— y su hija Alix, la niña de los ricitos de oro, víctimas de la crueldad del conflicto armado, que no reparaba entre rebeldes de causa y civiles inocentes.

La negociación de la paz colombiana en Cuba abrió una ventana a la posibilidad de su liberación. Casi a diario los jefes insurgentes exigían la presencia de Trinidad en la mesa de pláticas. Que Estados Unidos participara en el proceso con un enviado especial avivó las esperanzas, y la visita del entonces Secretario de Estado, John Kerry, a La Habana y su reunión con las FARC aceleró los anhelos por el retorno del guerrillero.

Pero se firmó no uno, sino dos acuerdos finales de paz y Simón Trinidad no obtuvo el perdón presidencial del saliente presidente Barack Obama. Puede que Obama se haya dejado intimidar por algunos senadores estadounidenses que condicionaron la ayuda financiera al postconflicto o que el gobierno colombiano no haya ejercido la suficiente presión para cumplirle a las FARC e interceder por la excarcelación del prisionero. Ahora la Casa Blanca cambió de residente, uno muchísimo menos implicado o comprometido con la paz en Colombia y Juan Manuel Santos se ha lavado las manos porque, al fin y al cabo, ha logrado la consecución de sus propósitos: dos mandatos presidenciales, el título de haberle puesto fin a la guerra en Colombia y el premio Nobel de Paz.

Lo cierto es que el caso de Trinidad ha estado manipulado desde el principio. En 2013, una filtración de Wikileaks ponía al descubierto que el interés por su extradición no provino de Estados Unidos —no existían procesos judiciales que justificaran ese pedido—, sino que fue el entonces presidente colombiano Álvaro Uribe quien fabricó los cargos de narcotráfico para levantar el interés de la agencia norteamericana antidroga.

Otro de los falsos presupuestos fue tratarlo como miembro del Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC. Según su abogado, Mark Burton, en su condición de miembro de la organización guerrillera, pero no de su alto mando como se le ha querido presentar, Trinidad debería ser devuelto a Colombia y juzgado por la Jurisdicción Especial de Paz acordada en La Habana.

Hoy, mientras los guerrilleros cambian las armas por la palabra, en un proceso de implementación repleto de obstáculos y promesas rotas, Simón Trinidad sigue tras las rejas. Para él no hay amnistía, desarme, verdad, justicia, ni mucho menos tránsito a la vida civil. Por lo pronto, una de las llamadas zonas veredales de transición que agrupa a la insurgencia para la desmovilización lleva su nombre y no ha cesado el pedido de repatriación para el hombre que, aun a sus sesenta y seis años y con una condena que seguramente supere su existencia, dice no estar ni desesperado ni derrotado.

http://www.contextolatinoamericano.com/site/article/101

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