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Jorge Pedro Zabalza (*)

La experiencia tupamara viene al mundo en un contexto de derechización electoral. A través de los mecanismos electorales, las grandes mayorías están refrendando de hecho las políticas reaccionarias y destructivas que imponen los bancos y las corporaciones transnacionales. Festejan los terratenientes, los importadores y los especuladores financieros, festeja el gobierno de EE.UU. promotor activo del fenómeno. Pese a que la música es la misma de siempre, los pasajeros aplauden entusiasmados la orquesta, olvidando que el Titanic se dirige rumbo al infierno.
A la derechización electoral contribuye graciosamente el progresismo, que en los 90 llegó montado en las movilizaciones populares contra las políticas neoliberales, prometiendo hacer temblar las raíces de la sociedad. La gente creyó que cambiaría el mundo, pero el progresismo se transformó rápidamente en operador de los planes de los grandes capitales. Los caudillos progresistas se encargan de obtener el apoyo popular a gobiernos que amparan y promueven el crecimiento exponencial de las ganancias de los bancos y las corporaciones transnacionales. Mantienen en la pasividad al movimiento de masas mediante políticas asistenciales y la prédica de que el capitalismo es inmortal y la revolución social un imposible. Educan para la paciencia, como enseñaba el compañero Helios Sarthou.

La vanguardia de esa campaña de despolitización son los apóstatas. A partir de la autoridad política que proviene del sacrificio de una generación entera, estos ex-guerrilleros están siendo los más eficaces impulsores de la conciliación de clases. La primera línea de la defensa de un sistema que convocaron a derribar. Para ello se encargan de tergiversar la historia y desprestigiar el coraje y el heroísmo de la generación del Che Guevara. Nunca más revolución es su consigna. La sustituyen con la cháchara sin sustancia del pragmatismo y la lógica de los mercaderes del templo. Su más evidente defección ética y moral aparece en la defensa cerrada de la impunidad de los criminales de lesa humanidad, pero su mayor servicio lo prestan en la preparación del aparato policiaco-militar para reprimir las actuales y futuras luchas populares.

El objetivo principal de La experiencia tupamara es pensar críticamente el pasado y asumir las responsabilidades que nos caben, reafirmar el valor del pensamiento crítico, la más poderosa de todas las armas revolucionarias. Bucear en el militarismo y el aparatismo que condujeron al fracaso la tentativa revolucionaria de los 60, para contribuir a la elaboración de las estrategias y las tácticas de las insurgencias que vendrán. Mientras lo viejo no haya sido cuestionado a fondo, las ideas derrotistas, de renuncia y entrega, podrán seguir haciendo su trabajito de zapa y debilitando las intenciones y las esperanzas de liberar a la sociedad de la esclavitud del trabajo asalariado. Corregir no es arrepentirse, es simplemente pensar en desterrar del pensamiento las concepciones que causaron la derrota popular. Saber lo que no se quiere hacer.

A corto o mediano plazo, las consecuencias sociales de la voracidad capitalista agravan a tal punto la situación de los asalariados, que los versos ya no pueden ocultar la realidad, los caudillos progresistas pierden predicamento y dejan de cumplir su función en la superestructura. Algunos sectores oprimidos comprenden que no les queda otro remedio que salir a la calle, a luchar directamente para resolver sus problemas, sin representantes algunos. En esas luchas puntuales hay quienes descubren la naturaleza real del sistema político. Escapan de la trampa electoral y la manipulación demagógica.

La “operación retorno”, a lo Macri o a lo MUD venezolano o a lo que se viene en Brasil, comienza con la criminalización de la protesta por parte de los operadores mediáticos del progresismo. En la batalla de ideas, una de las metas de las elites de derecha es el desprestigio y la satanización de las ideas emancipatorias. Por eso mismo, la acción no debe causar rechazo en los sectores populares más despolitizados, no es inteligente facilitar el ataque de la derecha ortodoxa y sus medios de manipulación mediática, ni hacerle campo libre al discurso afinado con que el progresismo condena la protesta.

Está entablada entonces la batalla de ideas, al decir de Fidel Castro, entre los que quieren mantener el sistema de opresión y esclavitud y los que luchan por la liberación social. La experiencia tupamara se aleja de la tesis de conquistar colina tras colina por la vía electoral, tesis cuya máxima aspiración es llegar al gobierno de la república burguesa y encontrarse con que el poder real no estuvo en juego en las elecciones, que por encima de los partidos electorales deciden las grandes corporaciones transnacionales, los bancos internacionales y los aparatos policiaco-militares. La experiencia tupamara sale al público afiliada a las ideas de revolucionar la sociedad, de liberarla del Estado burgués, de transformar las mujeres y hombres del capitalismo en las mujeres y hombres de la revolución social. La experiencia tupamara piensa en futuras insurgencias, no en organizar campañas electorales


 

(*) Parte del discurso del revolucionario uruguayo Jorge Pedro Zabalza en la presentación de su libro La experiencia tupamara. En ese acto, efectuado el 22 de diciembre en Montevideo, ante centenares de personas, hablaron también el periodista Samuel Blixen y el escritor Nestor Kohan, prologuistas del libro.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 844, 8 de enero 2016.
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