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Por: Valeria Fariña 

No hay lugar del globo que escape a las relaciones de producción capitalistas, con honrosas excepciones que al paso del tiempo reclaman, con mayor ahínco, el concurso de las fuerzas socialistas internacionales.

El enemigo lo sabe y los detractores del socialismo también. Sobre ello montan las teorías de invencibilidad del imperialismo; en el caso que admitan su existencia, de lo contrario; cual hongos de la tierra, emergen sinvergüenzas que reducen el imperialismo a un asunto del pasado: ¡asunto del pasado 2100 palestinos asesinados por el sionismo israelí-yanqui…!

 

 

Apología imperialista: invencibilidad del enemigo

La idea que acecha a buena parte de la izquierda internacional de que estamos frente a un enemigo invencible resulta comprensible a partir de las imperantes relaciones de producción capitalistas. Pero esta falsa idea cobró mayor fuerza a partir del derrumbe material de la experiencia soviética y de la recomposición del capitalismo.

Ambos condicionaron la comprensión de tales sucesos y consiguientemente la mayoría del movimiento socialista y comunista internacional empantanado de subjetivismo, soslayó el análisis científico sobre el desarrollo histórico material de los acontecimientos.

No podría ser de otra manera al cabo que perdimos un marco de referencia concreto que abarcaba más de un tercio del mundo a la par que se recompuso la lógica del capital.

Esto en buena medida explica la reacción contra los paradigmas “economicistas”; que en la sucesión unilateral de los modos de producción habían concebido la marcha inexorable hacia el socialismo. Pero en esta ferviente reacción -que el enemigo cosechó inteligentemente- se derivaron posicionamientos esquivos a cualquier atisbo de determinismo que terminaron por parangonar o intercambiar condiciones materiales de vida por conciencia y voluntad; sustitucionismo idealista con el cual se volvía a entrar en la filosofía especulativa y en el destino del hombre como el “hombre”.

La incomprensión del orden material-objetivo y su despliegue subjetivo lesionó la perspectiva estratégica y el reduccionismo fatalista dictó sentencia: un enemigo poderosísimo e invencible convertía al socialismo en un imposible.

Tal fatalidad obstruyó la valoración respecto al desenlace de las victorias y fracasos que tienen curso en el desarrollo histórico y así se traficó una derrota parcial como una derrota total.

El socialismo pasó de ser una convicción material a una excepción histórica, a un incierto e imprevisible futuro ideal. El marxismo se convirtió en un asunto de fe.

 

Excepción y utopía

La sobreestimación de la fuerza del enemigo supuso la subestimación de las fuerzas revolucionarias. De tal modo, el movimiento obrero internacional replanteó tácticas que dieron al traste con la estrategia de poder, al paso que aquellas ocuparon su lugar. Corroída la estrategia, el parlamentarismo como principio y fin de muchas organizaciones pretendidamente revolucionarias, fue el corolario.

Esto en parte explica cómo muchos renegados convirtieron al socialismo en una excepcionalidad histórica, dependiente -en el mejor de los casos- de la voluntad de los hombres. Cuba fue la predilección de esos diletantes que ni por asomo comprendieron que precisamente la existencia –tanto en el pasado como en el presente- de relaciones de producción socialistas constituye un notable ejemplo de la posibilidad material y espiritual del socialismo.

La historia aún recuerda a esos revolucionaricidas; otrora entusiastas, hoy presidentes y gobernantes de las instituciones burguesas que nos invitan a postergar la sociedad de hombres libres en el nombre de las condiciones subjetivas y por si fuera poco en nombre de la realidad (!). Así escuchamos tronar el más humillante servilismo: ¡humanicemos al capitalismo señores!

Claro que a cualquier que vagabundee por el mundo de las ideas le resulta sencillo falsificar la realidad, y estos renegados han demostrado no solo su complicidad para con los enemigos de los pueblos sino además su profusa ignorancia hacia el permanente cambio y desarrollo histórico, y un absoluto esquivo al principio fundamental de la vida: la contradicción.

No sólo hicieron de Cuba una excepción; calumniando con ello el legado de Fidel Castro y su pueblo, sino que además desconocieron arbitrariamente los procesos de lucha y de auge de muchos pueblos y obviaron adrede el desarrollo de organizaciones revolucionarias que se sobrepusieron al colapso soviético batallando en pleno desenfreno estadounidense y en medio del reinado esquizofrénico de los post-post. Desarrollo y firmeza notablemente representados en las FARC-EP, una lección que persiste tras 50 años de combate y resistencia; un notable ejemplo de que el enemigo no es invencible si se le opone resistencia y organización. Otro tanto podríamos decir de Irak, Afganistán, Siria…y del victorioso Vietnam.

 

Potencialidad del enemigo: un bicho gigantesco sí, ¡pero enfermo!

Los EE.UU han invertido 1000 billones de millones de dólares en rubros militares mundiales y han desplegado más de 1000 bases militares en todo el mundo. Día a día crece esa desesperada inversión confirmando que el régimen pende de un hilo.

El enemigo comprendió lo que nuestro subjetivismo impide ver: su herida de nacimiento es de muerte.

La lógica del capital es crecer o perecer. Si el capital no crece, la burguesía no acumula. El asunto es que la acumulación del capital es limitada. Por lo tanto, la contradicción que emana del capitalismo en su fase imperialista, es irresoluble en su propio marco.   

De ello se comprende la lógica depredatoria y agresiva del capital. No es un asunto de maldad o desquicio mental de algunos capitalistas: es la lógica del propio capital que en la muerte y saqueo de nuestros pueblos cifra su acumulación pero aun así no puede solucionar su contradicción, la contradicción que lo desarrolla y lo pone en jaque.

Ante lo cual se comprende lo alarmante que resulta su potencial militar: ellos se juegan la vida; la vida de la explotación de su clase, su propia existencia.

 

El deber inalienable de cualquier comunista: organizar la revolución

Estamos ante el sistema más joven que ha conocido la humanidad; cuenta con poco más de 150 años en 230.000 años de historia de la humanidad, y presenta un dinamismo y aceleración tal que se acorrala a sí mismo; en su corto período de existencia desarrolló las fuerzas productivas a un punto tal, que estamos ante fuerzas destructivas que imponen consecuencias irreparables para el destino de la humanidad.

No en vano Fidel Castro vaticinó recientemente “O triunfan las ideas justas o triunfa el desastre”.

Solo el socialismo puede evitar el desastre. Pero construir el socialismo supone derrocar el capitalismo, barrer con todo el viejo orden. Ello depende de la organización de los proletarios y pueblos oprimidos del mundo entero.

Tarea de primer orden se le presenta al movimiento revolucionario internacional: organizar la revolución, y en ello nuestra acción debe ser un grito de guerra contra el enemigo común del género humano: el imperialismo yanqui que no ahorrará esfuerzos ante la disyuntiva de su propia sobrevivencia. O nos acorralamos en su debacle con la que hunden al mundo entero o construimos la alternativa de paz y felicidad: la asociación de hombres libres.

No hay lugar del globo que escape a las relaciones de producción capitalistas, con honrosas excepciones que al paso del tiempo reclaman, con mayor ahínco, el concurso de las fuerzas socialistas internacionales.

El enemigo lo sabe y los detractores del socialismo también. Sobre ello montan las teorías de invencibilidad del imperialismo; en el caso que admitan su existencia, de lo contrario; cual hongos de la tierra, emergen sinvergüenzas que reducen el imperialismo a un asunto del pasado: ¡asunto del pasado 2100 palestinos asesinados por el sionismo israelí-yanqui…!

 

Apología imperialista: invencibilidad del enemigo

La idea que acecha a buena parte de la izquierda internacional de que estamos frente a un enemigo invencible resulta comprensible a partir de las imperantes relaciones de producción capitalistas. Pero esta falsa idea cobró mayor fuerza a partir del derrumbe material de la experiencia soviética y de la recomposición del capitalismo.

Ambos condicionaron la comprensión de tales sucesos y consiguientemente la mayoría del movimiento socialista y comunista internacional empantanado de subjetivismo, soslayó el análisis científico sobre el desarrollo histórico material de los acontecimientos.

No podría ser de otra manera al cabo que perdimos un marco de referencia concreto que abarcaba más de un tercio del mundo a la par que se recompuso la lógica del capital.

Esto en buena medida explica la reacción contra los paradigmas “economicistas”; que en la sucesión unilateral de los modos de producción habían concebido la marcha inexorable hacia el socialismo. Pero en esta ferviente reacción -que el enemigo cosechó inteligentemente- se derivaron posicionamientos esquivos a cualquier atisbo de determinismo que terminaron por parangonar o intercambiar condiciones materiales de vida por conciencia y voluntad; sustitucionismo idealista con el cual se volvía a entrar en la filosofía especulativa y en el destino del hombre como el “hombre”.

La incomprensión del orden material-objetivo y su despliegue subjetivo lesionó la perspectiva estratégica y el reduccionismo fatalista dictó sentencia: un enemigo poderosísimo e invencible convertía al socialismo en un imposible.

Tal fatalidad obstruyó la valoración respecto al desenlace de las victorias y fracasos que tienen curso en el desarrollo histórico y así se traficó una derrota parcial como una derrota total.

El socialismo pasó de ser una convicción material a una excepción histórica, a un incierto e imprevisible futuro ideal. El marxismo se convirtió en un asunto de fe.

 

Excepción y utopía

La sobreestimación de la fuerza del enemigo supuso la subestimación de las fuerzas revolucionarias. De tal modo, el movimiento obrero internacional replanteó tácticas que dieron al traste con la estrategia de poder, al paso que aquellas ocuparon su lugar. Corroída la estrategia, el parlamentarismo como principio y fin de muchas organizaciones pretendidamente revolucionarias, fue el corolario.

Esto en parte explica cómo muchos renegados convirtieron al socialismo en una excepcionalidad histórica, dependiente -en el mejor de los casos- de la voluntad de los hombres. Cuba fue la predilección de esos diletantes que ni por asomo comprendieron que precisamente la existencia –tanto en el pasado como en el presente- de relaciones de producción socialistas constituye un notable ejemplo de la posibilidad material y espiritual del socialismo.

La historia aún recuerda a esos revolucionaricidas; otrora entusiastas, hoy presidentes y gobernantes de las instituciones burguesas que nos invitan a postergar la sociedad de hombres libres en el nombre de las condiciones subjetivas y por si fuera poco en nombre de la realidad (!). Así escuchamos tronar el más humillante servilismo: ¡humanicemos al capitalismo señores!

Claro que a cualquier que vagabundee por el mundo de las ideas le resulta sencillo falsificar la realidad, y estos renegados han demostrado no solo su complicidad para con los enemigos de los pueblos sino además su profusa ignorancia hacia el permanente cambio y desarrollo histórico, y un absoluto esquivo al principio fundamental de la vida: la contradicción.

No sólo hicieron de Cuba una excepción; calumniando con ello el legado de Fidel Castro y su pueblo, sino que además desconocieron arbitrariamente los procesos de lucha y de auge de muchos pueblos y obviaron adrede el desarrollo de organizaciones revolucionarias que se sobrepusieron al colapso soviético batallando en pleno desenfreno estadounidense y en medio del reinado esquizofrénico de los post-post. Desarrollo y firmeza notablemente representados en las FARC-EP, una lección que persiste tras 50 años de combate y resistencia; un notable ejemplo de que el enemigo no es invencible si se le opone resistencia y organización. Otro tanto podríamos decir de Irak, Afganistán, Siria…y del victorioso Vietnam.

 

Potencialidad del enemigo: un bicho gigantesco sí, ¡pero enfermo!

Los EE.UU han invertido 1000 billones de millones de dólares en rubros militares mundiales y han desplegado más de 1000 bases militares en todo el mundo. Día a día crece esa desesperada inversión confirmando que el régimen pende de un hilo.

El enemigo comprendió lo que nuestro subjetivismo impide ver: su herida de nacimiento es de muerte.

La lógica del capital es crecer o perecer. Si el capital no crece, la burguesía no acumula. El asunto es que la acumulación del capital es limitada. Por lo tanto, la contradicción que emana del capitalismo en su fase imperialista, es irresoluble en su propio marco.   

De ello se comprende la lógica depredatoria y agresiva del capital. No es un asunto de maldad o desquicio mental de algunos capitalistas: es la lógica del propio capital que en la muerte y saqueo de nuestros pueblos cifra su acumulación pero aun así no puede solucionar su contradicción, la contradicción que lo desarrolla y lo pone en jaque.

Ante lo cual se comprende lo alarmante que resulta su potencial militar: ellos se juegan la vida; la vida de la explotación de su clase, su propia existencia.

 

El deber inalienable de cualquier comunista: organizar la revolución

Estamos ante el sistema más joven que ha conocido la humanidad; cuenta con poco más de 150 años en 230.000 años de historia de la humanidad, y presenta un dinamismo y aceleración tal que se acorrala a sí mismo; en su corto período de existencia desarrolló las fuerzas productivas a un punto tal, que estamos ante fuerzas destructivas que imponen consecuencias irreparables para el destino de la humanidad.

No en vano Fidel Castro vaticinó recientemente “O triunfan las ideas justas o triunfa el desastre”.

Solo el socialismo puede evitar el desastre. Pero construir el socialismo supone derrocar el capitalismo, barrer con todo el viejo orden. Ello depende de la organización de los proletarios y pueblos oprimidos del mundo entero.

Tarea de primer orden se le presenta al movimiento revolucionario internacional: organizar la revolución, y en ello nuestra acción debe ser un grito de guerra contra el enemigo común del género humano: el imperialismo yanqui que no ahorrará esfuerzos ante la disyuntiva de su propia sobrevivencia. O nos acorralamos en su debacle con la que hunden al mundo entero o construimos la alternativa de paz y felicidad: la asociación de hombres libres.

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