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Editorial ABP Noticias

Estamos ad portas del año 2017, momento justo para una reflexión desde la izquierda sobre el papel que hemos cumplido en el desarrollo de los acontecimientos de la política en Nuestra América.

En el 2016  muchos hechos fueron determinantes en el juego político latinoamericano,  pudimos observar como la derecha internacional se las jugo para retomar la posición dominante que había perdido tras la oleada de gobiernos progresistas inaugurados por nuestro querido Comandante Chávez  y seguido por gobiernos como el de los Kichner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Lu Da Silva en Brasil, entre otros.

En efecto, toda esta coyuntura hace parte de la reconfiguración de los diseños globales de Estados Unidos para toda la región. A nuestros pueblos de la Patria Grande  les toco ser protagonistas de un escenario en el que por un lado se da el declive de la ola de los procesos  progresistas antes mencionados y por el otro se  profundiza la degeneración del neoliberalismo que  los antecedió   y los combatió desde gobiernos que nunca entraron al bloque progresista y que en contubernio con los Estados Unidos se convirtieron en abanderados de la reacción en la región.

Este retroceso de los esfuerzos progresistas en Nuestra América y el Caribe encontró un terreno abonado en nuestras propias debilidades internas, pues a las  expectativas que se generaron en los discursos revolucionarios le siguieron políticas en el mejor de los casos reformistas, cuando no contrarrevolucionarias. 

Estas debilidades posibilitaron la ampliación de la corrupción y el clientelismo en los distintos niveles de la estructura del Estado y consecuentemente la  pérdida de espacios que habían sido ganados a fuerza de la movilización y la lucha popular y que ahora fueron copados por una derecha pro-yanki y neo-fascista que se impuso a fuerza de golpes blandos y/o represión según sea el caso y la estrategia.

En Brasil triunfó el golpe suave contra  Dilma Ruseff  heredera de las políticas incluyentes de Ignacio Lula Da Silva, esta fue una macabra maniobra por la que todavía sonríen en el norte y que podemos entender como un mecanismo de contención en Latinoamérica en contra de los países que conforman los BRICS. Con ello se profundizó aún más la premisa de la doctrina Monroe “América para los americanos”  principio rector de la política de Estados Unidos para con quienes considera su patio trasero.

Otro hecho que nos deja un sabor amargo es el primer año de gobierno del presidente argentino Mauricio Macri,  quien implanto un gobierno mafioso y autoritario apoyado por todo el aparato de inteligencia estadounidense, por una manipulación  mediática de grandes proporciones y una base social reaccionaria.

Bajo la careta de democracia y constitucionalidad el gobierno de Macri a punta de políticas anti populares logró echar al traste gran parte de las conquistas políticas, sociales y económicas del kichnerismo. Sin embargo apelamos a la profunda cultura de resistencia  del pueblo argentino, que no se arrodilla  y que en históricas movilizaciones  ha defendido sus logros a fuerza de organización,  movilización y lucha.

Nuestra rebelde Colombia está pasando por un proceso de magnitudes históricas tras la firma de los Acuerdos de Paz, y a  pesar del optimismo con el que el pueblo colombiano recibió la noticia, todavía existen grados de incertidumbre, sobre todo alrededor de dos aspectos fundamentales,  por un lado los mecanismos y trámites legales que necesita la implementación de estos acuerdos, que exige un trámite a través de la corte constitucional y el senado, con el consecuente riesgo de que caigan en la tradicional maraña legalista de la clase política colombiana;  pero sobre todo por las garantías necesarias para el libre ejercicio de la política, que se ha visto ensombrecida por la sistemática aniquilación de líderes sociales a lo largo y ancho de las regiones del país.

Es por ello que el éxito del proceso de paz, que no acaba con la simple firma de un papel, exige la resolución de puntos claves como el desmonte del paramilitarismo, el diseño de un sistema que garanticen el ejercicio transparente y seguro de la política y la implementación de medidas económicas que cierren la histórica brecha social.  En la practica el proyecto de país que se sigue construyendo el establecimiento, mantiene un modelo económico que prioriza los intereses de la clase en el poder  y empeña los recursos del país a las multinacionales.

La revolución bolivariana, que otrora había sido la vanguardia para la subjetividad revolucionaria en Nuestra América, está en el ojo del huracán gracias a los sectores del bloque de poder económico y político dominante criollos y globales,  que de manera apátrida han creado un clima de desestabilización de la nación a través de una guerra de cuarta generación que ha utilizado recursos como la guerra económica en todas sus expresiones: el desabastecimiento, la devaluación inducida con el dólar paralelo, las  guarimbas y la  proliferación de bandas criminales y mercenarios contrainsurgentes. Pero mientras esta guerra avanza, avanza también la resistencia del bravo pueblo de Bolívar y de Chávez .

En este escenario de guerra antipopular que arremete  a todo el continente, no cesan los asesinatos y desapariciones de los líderes juveniles, campesinos, indígenas y luchadores sociales en general, además, las políticas de inclusión popular cada vez están más diezmadas y los gobiernos títeres aúpan la acumulación por despojo, que se expresa en la megaminería extractivista y la mercantilización y privatización de los bienes y territorios comunes.

La ofensiva que la derecha internacional ha desplegado durante  el 2016 obedece a la necesidad de reversar el avance y la acogida que ha tenido una nueva manera de hacer política en la región.

Los diversos gobiernos y fuerzas sociales del continente que crearon y ejecutaron    proyectos de unidad regional como  la ALBA, la UNASUR, la CELAC, PETROCARIBE y  MERCOSUR, fueron asertivos en el sentido en que mejoraron la correlación de fuerza a favor de los pueblos de nuestra América y dignificaron al sujeto latinoamericano.

Si miramos desde la perspectiva de Norte América, lo que vivimos es un avance del proyecto de recolonización de su patio trasero. Las evidentes y reiteradas derrotas sufridas en otras latitudes como Europa Oriental y Asia lo empujan a atrincherarse en lo que considera su reserva minero energética y acuífera; para ello crea una unidad de acción e intereses con las derechas serviles de la región, ejecuta  golpes y al mismo tiempo apoya diálogos y/o procesos de paz, bajo la vieja consigna del garrote y la zanahoria.

Nuestra tarea como izquierdas es la profundización de la resistencia y la construcción de un nuevo modelo económico y político que posibilite el bienestar social a nuestros pueblos, un modelo que nos dignifique y que nos coloque en una posición de igualdad ante las otras naciones del mundo.  Pero esto no lo lograremos si nuestras luchas están aisladas, así como la derecha ha logrado unificar sus fuerzas para lograr sus intereses de acumulación y despojo capitalista, asimismo nosotros debemos unificar nuestras banderas a favor de la justicia social,  la paz,  la soberanía de los pueblos y el internacionalismo.

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