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Por Alberto Pinzón Sánchez

 

El viajero debe continuar su viaje y pronto, prepara el trineo, fiambre, provisiones y abrigos para una semana. Es el cálculo habitual para llegar a la próxima aldea siguiendo el camino más directo, aunque cubierto de una gruesa capa de nieve compacta, que ha caído copiosamente durante todo este enero. La otra ruta que bordea el quejumbroso y opaco bosque estepario, puede ser más segura, pero alargará en una semana la jornada. El viajero decide tomar el camino corto, fácil, aunque riesgoso por no ser muy conocido y poco transitado. Pero él confía en el conocimiento práctico que tiene, en su revólver y un poco en su suerte. Es un riesgo calculado.

 

A los tres días de viaje, tiene la sensación que lo observan. Mira cauteloso hacia el bosque y ver correr la cabeza de un lobo gris jadeante, balanceando la lengua, que le clava una mirada glauca inconfundible. Preocupado observa con más detalle y ve toda una manada ocupando silenciosamente las posiciones a su alrededor. Tienen hambre, piensa. Continúa el viaje durante la poca luz que queda y poco después del mediodía, al oscurecer, desapera el caballo y lo amarra muy cerca de sí para evitar cualquier ataque sorpresivo. Enciende una pequeña hoguera y se prepara a dormitar vigilando. Tiene un revolver viejo pero efectivo con su carga completa. No se atreverán, piensa dándose seguridad.


Durante la noche no oye nada especial. Con la luz del otro día mira hacia el caballo, y la cuerda está libre. No hay rastros de nada. Ni del caballo, ni de sangre, ni de huellas. La nieve que ha caído durante la noche, ayudada por los cuchillos del viento helado lo han borrado todo. Bueno, se dice, sin dudas el caballo ha saciado su hambre. Sin embargo, ya sin el caballo deberá proseguir la marcha a pie. Abandona el trineo memorizando donde quedó para volver después a recogerlo. Se tercia la mochila con las provisiones y el fiambre. Calcula que le deben faltar cuatro días de camino y apresura. Pero la nieve hunde y retiene sus gruesas botas y no le permite deslizarse como con el trineo. Puede demorarse un poco más. Entonces piensa en ajustar su economía. Los lobos lo han seguido, lo observan y jadean, mientras avanzan a saltos vigorosos sobre la nieve. Oscurece, hoguera, revólver listo y, para detener a los lobos, cuelga un poco de carne del fiambre a unos metros de distancia.


Y así, colgando carne del fiambre a cierta distancia de donde duerme, logra entretenerlos y evitar que lo ataquen durante tres noches más. Pero la mochila empieza a desocuparse peligrosamente. Esa noche no deja carne colgada, y oye gruñidos y chillidos de riña hasta casi la madrugada. Están cebados, piensa. Hay que apurar y avanzar lo más rápido posible para completar las dos jornadas que calcula le faltan. El viento helado en el bosque nubloso, la nieve espesa, los saltos jadeantes de los lobos; las piernas encalambradas y las manos entumecidas, le hacen pensar que talvez hubiera sido mejor haber tomado la ruta larga pero segura. Pero es tarde ya. No hay regreso.


Los lobos se aproximan. Han olido los efectos de la adrenalina en el sudor y en los músculos fatigados del viajero. Los penetrantes ojos glaucos y los largos y puntiagudos colmillos que sobresalen de sus lenguas sonrosadas y babeantes, muestran la seguridad de su instinto. El viajero revisa la mochila y no encuentra nada para lanzarles. Les ha tirado porfiadamente toda la carne. Le queda el revólver. Dispara al guía de la manada que se retira aullando. Pero otros dos asumen inmediatamente el mando. Dispara dos veces y hiera a uno. El otro continúa dirigiendo el asedio con mayor determinación. Confían en la información que les da su olfato, en sus colmillos y en el grupo. Preparan el asalto final. Lo inicia el guía, al atardecer cuando el viajero se ha detenido y huelen su desmayo. Son doce lobos que se vienen sobre el viajero. Dispara, chillidos gruñidos, gritos de pavor, hasta cuando una hembra mortífera salta por detrás de su nuca y de un chasquido desgarra todo su cuello que se desploma empapado en borbotones de sangre.


El ingenuo viajero que incluso contrariando su propia experiencia asumió consiente el riesgo de caminar por un territorio poco conocido, fue desgarrado con abrigo y sus ropas. Los lobos con sus hocicos ensangrentados se repartieron los jirones entre chillidos de gozo. Luego, en coro aullaron estridentemente de satisfacción.


Ese ingenuo viajero que había confiado en su experiencia, en su revólver, y en que los lobos son saciables, ya no volvería a dispararles, ni a poner en riesgo o a intranquilizar la manada, que se retira lentamente de la escena, con un trotecito característico, mientras la nieve empieza a cubrir las piltrafas y restos del confiado viajero.


APS. Berlín 12 oct 2016
Foto internet.

 

 

 

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